Al otro lado de mí

Llevo dos o tres días pensando sobre qué escribir; más exactamente, si atreverme, una vez más, a escribir sobre mi autismo, a riesgo de parecer enfadoso, pero entiendo que siempre será de ayuda para sensibilizar a quienes ignoran en qué consiste esta condición del neurodesarrollo —que no es una enfermedad—, a quienes tienen la condición y, finalmente, a quienes conviven con estos. Seguramente más gente se alejará de mí, como ha ocurrido, pero ya no es algo que me preocupe, pues entiendo que están en su derecho de hacerlo, por una parte, y, por otra, mi satisfacción de ayudar a otros seguramente lo compensará… No voy a teorizar sobre autismo. Eso lo hará mejor cualquier especialista. Hablaré cronológicamente y a modo testimonial del mío, que a buen seguro será distinto del de otros.

Hace un año, recién cumplidos mis 53, fui diagnosticado en la Sociedad Venezolana para Niños y Adultos Autistas (SOVENIA) como autista nivel I (síndrome de Asperger), con un 90 % de los rasgos de la condición, es decir, un índice muy alto. Fue un duro golpe. Al salir, después de casi cinco horas de consultas y pruebas, mi esposa y yo —con la que llevo veinticinco años casado— nos mirábamos en el auto sin saber qué decir… Durante las tres semanas que siguieron, sentí como si estuviera permanentemente bajo un alud de recuerdos que me iban reconfigurando. Mi vida entera pasó ante mí, como una película, y todo empezó a tener un nuevo sentido.

Recordé que a mis seis años mi padre me exigía que lo mirara a los ojos y mi tía me recalcaba que sonriera y mirara a la cámara a la hora de fotografiarme, cosa que aún me cuesta… dejarme fotografiar. Accedo porque entiendo que es valioso para los demás, pero para mí tiene un valor muy especial otro tipo de fotografía: la del recuerdo impregnado de sentimientos, emociones y sensaciones. Si cierro los ojos, por ejemplo, tengo en mi mente imágenes de mi boda, con sensaciones profundas, que ni la más avanzada técnica de fotografía digital aún consigue reproducir. Para mí, las emociones, sensaciones y sentimientos son un poderoso vehículo de la memoria.

Vinieron también a mi mente imágenes del primer grado en el colegio San Agustín de El Marqués; mi miedo el primer día cuando salí al receso y vi a cerca de 1000 alumnos allí. Intuitivamente empecé a circundar aquel inmenso patio por la periferia —unas catorce rondas para ser exactos— durante el receso. Había descubierto el modo de hacerme invisible, hasta que en segundo grado lo notó una maestra y me obligó a sentarme con mis compañeros. Fue muy difícil para mí: nunca supe cómo iniciar una conversación ni el momento oportuno para entrar a hablar, pero, para entonces, ya era un alumno sobresaliente y eso me facilitaba las cosas a la hora de relacionarme con los demás. Aprendí que, aunque yo era «raro», también me podían querer así, y con el tiempo me hice de un gran amigo (de Corea del Sur) que aún conservo, In Ho Ko, con quien me escribo a menudo por WhatsApp a pesar de la distancia.

Recordé también el día en que me mandaron castigado a la Dirección del colegio por reírme frente al cura. No entendía —ni entiendo hoy— los chistes de doble sentido. Alguien dijo uno y yo me pasé dos horas analizándolo hasta que lo comprendí y me reí… En la evaluación de SOVENIA también me diagnosticaron con un percentil de inteligencia muy alto, pero… toda esa inteligencia de seguro debe irse de paseo muchas veces porque soy muy lento para relacionarme. Salvo en el caso de mi esposa, Carol, que es una mujer muy muy inteligente, nunca me he dado cuenta de cuando una chica se ha enamorado de mí, ni cuando alguien se fastidia de oírme, ni cuando estoy siendo demasiado sincero (porque no sé o no quiero mentir)… En muchas ocasiones, mi esposa es mi mejor inteligencia, ¡mi GPS en la vida!

Lo peor de aquellas tres semanas fue recordar el tiempo de la universidad, cuando estudié Letras en la Universidad Católica Andrés Bello (y no por la universidad, que era genial)… Las estereotipias, la ansiedad y todo ese catastrófico mundo autista que viví. Podía caminar eternamente en círculos alrededor de mi cama repitiendo en mi cabeza que sí podría lograrlo. Llegaba al salón de clases y separaba mi pupitre un metro del grupo. Podía pasar días callado, sumido en mis pensamientos. Sentía pánico de la gente y de mis profesores. Siempre comienzo mal, así que aplacé Historia del Arte y el pobre padre Cizuelo murió de un infarto mientras corregía mi examen de reparación; sin embargo, no soy de malos finales, y me recibí de licenciado siendo el segundo de mi promoción.

Luego recordé cuando me volví frenético al terminar la carrera. Un mundo maravilloso se abrió ante mí: ingresé como profesor del área de español en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela (donde imparto clases desde hace veintiséis años) y formé parte de la Coral de Odontología (allí pude corregir la típica voz nasal de los síndromes de Asperger), estudiaba italiano en el Centro Culturale Italiano, inglés y la maestría en la Universidad Simón Bolívar y alemán en el Goethe-Institut; los sábados por la mañana iba a comprar libros a las afueras del Congreso y por las tardes miraba dos películas en el cine o iba a conciertos; los domingos, como si fuera poco, me marchaba todo el día a Colonia Tovar a recoger la literatura oral de ese hermoso pueblo que es mi hogar desde entonces, aunque ya no viva allí. Creo que soy una persona de pocos afectos, ciertamente, pero muy profundos, radicales y definitivos.

De aquel tiempo recuerdo haber notado que me encandilaba al conducir el auto, que me aturdían los altavoces, que me molestaban la ropa y algunos olores y sabores, que me quedaba extasiado mirando las centelleantes luces del arbolito de Navidad y que me resultaban muy incómodos los abrazos. Ahora sé que padezco trastorno sensorial, propio de algunos autistas… Y llegaron los mejores recuerdos: cuando me enamoré de mi esposa, la ternura que siempre me ha inspirado y la alegría de recibirla a su llegada. Recuerdo el olor a flores del día de la boda y su rostro, hermoso, en perfecta armonía con el Ave María, de Schubert, porque soy melómano y, a veces, es como si oyera las melodías hablar entre sí. También las siento en mi cuerpo.

También recuerdo el día en que nació mi hija Katherina, mi miedo inmenso por la hemorragia casi fuera de control de mi esposa, la alegría inenarrable cuando la vi nacer y la doctora me dijo que todo estaría bien. Y recuerdo perfectamente el sabor del pollo a la broaster que mi suegro y yo comimos para celebrar aquel día porque cada vez que vuelvo a comerlo siento en mi nariz el olor a clínica. A veces pienso que Proust, en el episodio de la magdalena de Por el camino de Swann, representó mejor que nadie el mundo de las evocaciones de un autista.

Estos son apenas unos pocos de todos los recuerdos. Mi vida entera, como dije, me pasó por delante en aquellas tres semanas. Ahora puedo ver que hice, desde la infancia, un viaje al otro lado de mí. Ha sido un viaje difícil porque debo poner mucha atención a cómo hacen las cosas los que mejor las hacen para imitarlos y luego hacerlas a mi manera… casi siempre perfeccionista y llena de mis manías. No puedo, por ejemplo, leer, escribir o corregir textos sin música de fondo; cuando hago el desayuno y la cena en casa siempre, siempre, alineo las tazas para servir el café con leche en ellas, un café hecho con medidas exactas porque, según creo, la perfección y el amor van juntos… Y cada mañana, al despertar con la aurora, saludo con cariño a mi esposa (mi hija aún duerme entonces) y voy a jugar con mi conejo, el Sr. Polito, que da saltos y vueltas de alegría en torno mío.

Ha sido un viaje al otro lado de mí, superando tantas dificultades… A veces recuerdo cómo era yo hace treinta años y me pareciera que era otro. Seguramente que sí, pero algunos rasgos los mantengo testarudamente intactos: el deseo de esforzarme en hacer bien las cosas, de ayudar a otros, de conservar puro el corazón y de amar a las personas que están más cerca de mí, que son pocas… No ha sido una vida mala porque si, cuando muera, me tuviese que regresar, elegiría esta misma vida, con las mismas personas y en este mismo país, Venezuela,  aunque me guste tanto el Weimar de Goethe y la Viena de Hofmannsthal.

Sé que mucha gente no me comprende, que proceso las cosas de modo distinto, que a veces me quedo en una soledad inmensa por ello —de la que me rescatan siempre mi esposa y mi hija—, pero lo importante, al cabo, es que no me traicione a mí mismo porque estaría traicionando inexorablemente a los que amo… Creo que lo más trascendente de mi vida será decir alguna vez, al final de ella, que un día dejé de simplemente estar y empecé a ser. En esto radica mi felicidad… porque ciertamente soy feliz.


Alayón, Jerónimo. «Al otro lado de mí». El Nacional. 6 de noviembre de 2020. https://bit.ly/3p2jWTI

© El Nacional

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