Cartas a Évangéline. #2‎

Del logos de las cosas

Viena, domingo 9 de febrero de 1890.

Mi queridísima Évangéline:

Me había propuesto escribirte el domingo pasado, pero la ciudad estuvo algo convulsa. Como bien sabes, se cumplió un año de la extraña muerte del archiduque Rodolfo en Mayerling, ocasión que la oposición liberal, aliada con la húngara, no desperdició para generar desórdenes callejeros. A la espera de una nueva carta tuya, sin embargo, proseguiré ahondando en esta el tema que llevaba iniciado en la anterior, solo que atendiendo ahora al logos de las cosas.

¿Cómo hacer que el lenguaje en el que nos hablan las cosas mudas —el logos de las cosas— pueda devenir en logos poético, discurso razonable? Esto es posible porque hay no una, sino dos dimensiones de la razón poética. Como bien intuirá Hofmannsthal en su Carta de lord Chandos, tan querida por ti, hay una poesía afuera y otra adentro del poeta. La segunda aguarda en silencio por la primera y sin aquella es solo artificio ruidoso y absurdo, un ejercicio de burda vanidad verbal a la espera de los fuegos fatuos del mundo.

Solo el silencio contemplativo hace posible que la belleza externa se desoculte ante la interna en la epifanía del lenguaje con que nos habla la poesía muda del mundo, un lenguaje que, sin embargo, al no estar hecho de palabras, sino de sensaciones intelectuales, necesita resonar en nuestra belleza interior para revestirse de un logos humanamente inteligible: el poema.

Es en el silencio entre la belleza exterior y la interior que se hace posible la razón poética que deviene en poema. No hay modo de escuchar la mudez inefable de la beldad del mundo sin el acallamiento del alma. Por ello, el poeta es silencio atrás del silencio, el silencio doble de Walser, un silencio cuyo contorno son las palabras… el logos poético.

Ahora bien, mi amada Évangéline, no basta con hacer silencio interior, acallar las voces de nuestra caverna para escuchar las resonancias entre la beldad del mundo y la del alma, entre el logos de las cosas y la razón poética. Son precisas, además, una cuidada educación en la belleza y una robusta concepción filosófica sobre el tiempo. El poeta que carezca de ambas solo escribirá poemas, pero le estará negada la metanoia metafísica.

Hay mucho más en escribir que solo juntar palabras con gracia e ingenio: estas deben mirar al universo en un diálogo al cabo del cual el poeta indefectiblemente sea otro y, como otredad, abandone para siempre el poema escrito del mismo modo que el caminante prescinde de la huella. No pocas veces la vanidad y los fuegos artificiales estorban esta suerte de alquimia ontológica.

Hay, sin embargo, una consideración final: la razón poética tiene sus propios límites que impone al logos de las cosas. Entender el mundo es hacerlo humano. Poetizarlo, también. Suena hermoso, pero es a un tiempo terrible: la reducción del infinito logos del mundo a la finitud de la razón poética. Ello explica el carácter intensivo, astringido y polisémico del logos poético. ¿Es el alma espejo del mundo o el mundo espejo del alma?

En estos seis párrafos, querida mía, te he dejado el programa de mi filosofía sobre la poesía que desarrollaré en las sucesivas cartas y que podríamos definir medularmente como el tránsito del logos de las cosas al logos poético. Pero… ¿qué logos de las cosas? Mucho me temo que haya elegido el peor andurrial filosófico y que pueda parecer que desande demasiado el camino hasta regresar a la doctrina de Heráclito.

Hay en las cosas un logos que les es inherente, que habla desde ellas con el «lenguaje de las cosas mudas» que mencionará Hofmannsthal, que no se corresponde con nuestra racionalidad hecha de proposiciones y que se traduce en sensaciones e intuiciones intelectuales que deben ser atendidas en la escucha contemplativa, en cierta pasividad receptiva que solo es posible cuando salimos del calabozo de la conciencia y nos liberamos del cadalso de la razón lógica. Exiliándonos de nosotros para viajar al corazón de las cosas y regresando de estas a lo más insondable del alma propia logramos acceder a la primera intuición del logos de las circunstancias en el que habita la razón del mundo (su sentido de ser).

Se trata de la epifanía originaria en la que tiene su residencia la belleza en tanto que mudez del mundo inefable. Si lo notas bien, mi dulce Évangéline, la belleza siempre nos acontece en silencio y en soledad… Nunca nos sobreviene en manada aunque estemos acompañados.

Recuerdo haber mirado juntos, como en un éxtasis, aquel flamígero atardecer de Geremba el verano pasado. No decíamos palabra alguna porque tal espectáculo venía a nosotros bajo una forma rebelde a toda conceptualización y, sin embargo, cuando cenábamos y recordábamos la belleza contemplada, tuve la luctuosa certeza de reconocer que habíamos presenciado dos ocasos completamente distintos.

Es curioso… La belleza suele revelársenos en aquello que Hofmannsthal llamará «detalles insignificantes con presencia de infinito». El logos de las cosas surge de la simplicidad de las mismas en armonía con la infinitud del logos del mundo, de tal manera que dicha armonía es en sí misma la belleza, y esta se nos revela, si nos disponemos a contemplarla, como expresión del mundo inefable. Dicho de otro modo, la belleza es la armonía entre el logos de las cosas y el logos del mundo —intuible solo inefablemente— y en ello radica su sentido de ser.

Dicha armonía existe con independencia de nuestra conciencia porque precede a la idea y, por tanto, a todo logicismo. En tal sentido, el catálogo universal del arte no sería más que un largo e inmenso esfuerzo por domeñar y reducir a categorías conceptuales y estéticas la mudez de tal armonía cuyo logos, contrario de lo que podría pensarse, desborda la razón poética y sus posibilidades porque su discurso es ajeno a la racionalidad humana. Hay en esto, no obstante, querida mía, un signo excelso de cómo el hombre tiende a lo sublime intentando traducir a su racionalidad la del universo, lo cual supone alzarse tiernamente hasta la falibilidad de su comprensión.

Que la armonía del logos sea ajena a nuestra conciencia y racionalidad es, por decir lo menos, la garantía de que la belleza no solo estará siempre latente en la realidad circundante, sino también, y con mayor razón, en aquella afeada por la infeliz intervención humana. ¿Podrá decirse, entonces, que en todo horror humano hay un logos pidiendo su descubrimiento y salvación; que nos obliga a implicarnos en el viaje hacia ello para oír el logos de las circunstancias y así restablecer el sentido del mundo; que nos pide afirmar —aunque no lo comprendamos racionalmente— que la armonía del logos del universo prevalece sobre cualquier afeamiento causado por la maldad porque es un logos inaccesible?

Como echarás de ver, hay un logos de las cosas, de las circunstancias, del mundo y del universo; pero, al cabo, todos son uno solo por virtud de la armonía, esto es, de la belleza, y que siendo inaprehensible desde la racionalidad humana solo es intuible bajo la forma de sensaciones intelectuales. Ese tan magnífico como hermoso silencio inefable es la esencia de la poesía exterior.

Queridísima mía, cuánto desearía llenar docenas de folios solo para ti, pero temo que si lo hiciera agotaría en un instante mis limitados recursos intelectuales quedando en deuda contigo. No debes dudar de mi amor. Lejos de menguar, crece con cada nueva revelación de ti: tu última mirada es invariablemente más dulce que todas las que le precedieron, del mismo modo que tu conversación es siempre más espléndida que la que ya había creído como la que más. Si puedo intuir el logos de la belleza es porque la tengo en ti, y sospecho que cuando finalmente pueda reunirme contigo, me funda y aniquile en el todo de ella.

Tuyo como nunca, beso con nostalgia el recuerdo de tus manos,

Loris Melikow


Cómo citar este artículo

Alayón, Jerónimo. «Cartas a Évangéline. #2. Del logos de las cosas». ViceVersa Magazine. 18 de mayo de 2020. https://bit.ly/3bYKJs9

© ViceVersa Magazine


Únete a otros 2.129 suscriptores


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.