Cartas a Évangéline. #7‎

Del tiempo y la temporalidad

Viena, sábado 26 de julio de 1890.

Añorada Évangéline:

Leo con alegría que los Ramos Sucre han recibido en el seno de su casa en Cumaná a un nuevo retoño, al que han dado en llamar como a su insigne tío abuelo. Hago votos para que este niño signe sobre sí todo el honor de su familia.

Querida mía, iré directo a un tema harto difícil y apasionante: el tiempo de la creación y el del ser. ¿En qué tiempo transcurre la gestación de la obra artística? Esta, que parece una pregunta sencilla, no lo es. Podríamos decir, no con poca razón, que el arte se hace en el presente, pero no es cierto, al menos no cabalmente. Aquel se forma, si cabe decirlo así, en una polivalencia temporal.

Quizás, en este punto, sea oportuno recordar que para san Agustín no existían el pasado ni el futuro más que en el alma y por virtud de la memoria; es decir, que ambos son modalidades del presente: el pasado es un presente del pasado y el futuro, un presente del futuro; pero, además, aquellos hacen posible que el ahora tienda al no-ser, de modo que no sea eterno. Solo así es factible medir el tiempo: porque es pasable. No se puede medir el tiempo que aún es.

De dicho planteamiento neoplatónico, me interesa rescatar el valor memorial del tiempo y su domicilio en el alma. Querida mía, el pasado existe en la posibilidad de su evocación, así como el futuro habita en la factibilidad de su espera. Si perdiésemos la memoria, se desvanecería el ayer; y si nos faltara la esperanza, negaríamos el futuro. Todo este circunloquio pareciera reafirmar la idea de que la factura del arte es intrínsecamente presente, pero ello supondría creer que el tiempo es lineal, lo cual es cierto solo parcialmente.

Cuando el artista crea su obra, rememora o ensueña; ambas operaciones, si bien ocurren en el presente, exilian de este su propia materia; por tanto, la creación artística solo tiene lugar en un presente formal, pues la entidad de su temporalidad es tan plural que incluso puede negar su actualidad.

Cuando perdemos el juicio, también extraviamos el tiempo porque ya no hay temporalidad, entendida esta como la conciencia que poseemos del presente y su relación con el pasado y el futuro. Yo me atrevería a decir que, según vivimos, vamos muriendo anticipadamente, puesto que inevitablemente olvidamos trozos del ayer, con lo cual, en cierto modo, dejamos paulatinamente de existir; pero ese no es el asunto que me lleva a escribir estas líneas, querida mía, sino el hecho de que, si preterimos el antes, ya no tenemos pasado y, por ende, nuestro ahora empieza a parecerse a la eternidad.

Por otra parte, si el domicilio del tiempo es el alma, es en ella donde este adquiere sus más variadas fisonomías. Sería absurdo, entonces, pensar el tiempo como una categoría estable: a lo sumo, solo podemos hablar del tiempo tuyo o mío y del tiempo de cada cual.

Quizás parezca que me he alejado de mi asunto inicial, querida Évangéline, pero nunca he estado más cerca: la obra de arte proviene de un tiempo en el que no hay marcas cronológicas y que estaría muy cerca de la eternidad, de esa atemporalidad que los griegos llamaron Aion.

Cuando escribo un poema, el trazo sobre el papel ocurre en el presente, ciertamente —mi presente que es distinto del tuyo—, pero el poema no es solo eso: su entidad, aquello que lo define en cuanto ser, es aiónica, pues está hecho de esperas y evocaciones, lo mismo que del acto presentáneo de su escritura.

En la gestación de la obra artística, querida mía, el artista viaja hacia un tiempo del alma que los griegos definieron como Kairós, en el que las evocaciones y ensoñaciones van sucediéndose oportunamente al punto de que incluso un sueño puede ser la génesis de la creación estética. No hay en la producción del arte coordenadas temporales que permitan medirla científicamente más allá de la pobre cronografía del reloj campana de mi estudio y, sin embargo, laten en aquella todos los tiempos que le sea posible albergar.

Toda obra de arte se gesta en un tiempo que no tiene parangón, mi adorada Évangéline, porque ocurre en la irrepetible temporalidad de su creador. En unos años, el joven Hofmannsthal escribirá su famosa Carta de lord Chandos y, no obstante, esta ya subyace en su ser bajo la forma de múltiples pensamientos y evocaciones que esperan por la palabra. Cuando la pluma rasguñe el papel, solo será el presente de otros presentes que ya han sido o aguardan por ser, todo lo cual tendrá lugar en una enmarañada urdimbre temporal de la que nadie más que su autor podrá dar cuenta, si acaso.

Ahora bien, mi añorada Évangéline, ¿cuál es el tiempo de la obra de arte? Si quisieras responder a esta pregunta mirando un cuadro de Da Vinci, dirías que el pasado; pero si de la obra no hubiera otra materia más que una forma evocativa como la del Coloso de Rodas, ¿aquella existiría en el pasado de un recuerdo que nunca estuvo atado al presente de su sensorialidad, en el pasado de un ente mental, en el presente de una abstracción o en el futuro de lo que cada cual espera que hubiese sido aquella colosal escultura? Aún más, ¿en qué tiempo existen las creaciones de las que nadie tiene noticia? El tiempo también supone una dimensión epistémica.

Así como la gestación del arte es aiónica la obra también existe en una polivalencia temporal. Podría decirse que la suma de los tiempos es a la temporalidad aiónica lo que la suma de los colores es al blanco. En esa adición polifónica de tiempos es en la que vive la creación artística desde mucho antes de su gestación y hasta mucho después de su extinción.

No sería descabellado, entonces, afirmar que toda composición estética trasciende el tiempo cronológico y desborda la posibilidad de su comprensión; por consiguiente, ¿qué pretende la crítica si es incapaz de aprehender cabalmente su objeto de estudio? Desentrañar la creación artística en clave epistemológica respecto del tiempo en que el crítico la analiza; en otras palabras, revelar el logos temporal de una obra, pues estoy convencido de que a cada tiempo corresponde una razón de ser de las cosas aiónicas.

El crítico solo podrá comprender la obra desde su tiempo, que será distinto del tiempo de los otros y de eso que ambiciosamente llamamos aire de época. Quizás intente, incluso, escudriñar la creación artística en el contexto temporal de su producción, pero este será apenas un interesante divertimento intelectual toda vez que el tiempo de cada uno es impenetrable. Aun así, logrará extraer conclusiones valiosas de esta excursión a la foresta del ayer.

En definitiva, mi Évangéline, la obra de arte es aiónica; por tanto, se halla exiliada del tiempo cronológico. Su reino es el de la temporalidad de cada cual, a la que corresponde un tiempo único e irrepetible: el del ser. Esta atemporalidad está muy próxima a nuestra concepción de eternidad, patria natural del arte, y es el fundamento de lo que en mis dos cartas pasadas he denominado opera trabalis u obra arquitrabada.

Temo, querida mía, que deba despedirme tan pronto. Tú y yo habitamos el tiempo aiónico de quienes se aman, pues el amor es también una creación y, como tal, ha sido exiliada por Cronos, de modo que no bien hemos empezado a encontrarnos cuando ya nos alcanza el desencuentro. Esta es la imperfecta perfección del tiempo humano, tan dulcemente amarga.

Tuyo en el nunca del siempre,

Loris Melikow.


Cómo citar este texto

Alayón, Jerónimo. «Cartas a Évangéline. #7. Del tiempo y la temporalidad». ViceVersa Magazine. 27 de julio de 2020. https://bit.ly/2XelX2Z

© ViceVersa Magazine


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