Cartas a Évangéline. #9‎

Del verbum poeticum

Viena, sábado 6 de septiembre de 1890.

Mi añorada Évangéline:

He recibido tu encomienda, de la que me ha hecho particular ilusión los bulbos de trébol de cuatro folíolos, que sembraré en el interior de mi estudio para que la proximidad del invierno no los aniquile apenas nazcan.

Ya me había parecido hermosa una variedad de tres folíolos, menos vistosa y más pequeña, que hay a las afueras de Viena, el Trifolium repens o trébol blanco, y que se encuentra bien documentada en los libros de botánica; pero esta que he hallado en Geremba, gigante y con la corona violácea, es del todo infrecuente, en extremo agraciada y no consigo ver que haya sido registrada, además de su peculiar modo de reproducción por bulbos.

Querida mía, ha llegado el momento de preguntarse por la posibilidad de dar forma al verbum poeticum. La razón poética, que se ha alimentado de la intuición estética de fenómenos y noúmenos, produce un eco de sí que el poeta puede o no traducir en palabras. Si lo hace, nacerá el poema; si no, el eco será una realidad noumenal cuya intuición intelectual alimentará la memoria estética. No se habrá perdido. Por el contrario, los buenos poetas no escriben todo cuanto resuena en su interior, sino que lo dejan allí, a la espera de un nuevo ser.

Cuando la razón poética deviene en discurso, la palabra es una frontera impostergable. Todo ese caudal de intuiciones estéticas cae en el texto como el afluente de un río, y con frecuencia ocurre que el cauce del verbo es más estrecho que el del raciocinio poético.

Recuerdo que en mi última visita al monte Patrash me quedé una noche escuchando el canto de los grillos. Había no menos de ocho o nueve formas, y todas ellas entretejidas en una armonía superior que las abarcaba. Tenían, por decirlo así, una perfecta polifonía en sus cantos, igual que si se tratara del coro de una abadía, y, sin embargo, cuando lo describo, como ahora, no alcanzan las palabras a reproducir el complejo y rico conjunto de intuiciones que aquella maravilla convocaba en mí. Ni siquiera el poema compuesto después logró hacerlo.

¿Cómo vencer, por tanto, los límites del verbum poeticum? No hay modo, pero el poeta puede hacer de su lenguaje una vía de conocimiento. El poema propio, el que nadie más que yo podrá escribir, es, por consiguiente y paradójicamente, otra cosa muda cuyo logos es preciso oír y, al escucharlo, solo entonces, será posible entender la distancia entre la armonía original y su raciocinio estético. La poesía es eco del mundo, del que está afuera, del que se halla dentro y del que surge en el roce de ambos mundos.

La diferencia, por tanto, entre el verbum poeticum y el verbum philosophicum estriba en que, del roce de ambos universos, el poeta extrae una esencia racioemotiva con la cual dar un ser nuevo al cosmos, mientras que el filósofo la obtiene para darse a sí mismo un renovado ser en el mundo. Uno actúa sobre el misterio, el otro lo contempla. El primero es un taumaturgo, el segundo un hierofante. Cuando los dos se funden, surge la posibilidad del verbum mysticum, la palabra que va de la metanoia del yo a la metamorfosis del mundo. Novalis alcanzó esta última potencia del discurso.

Como entenderás, querida mía, la construcción del poema no es solo una operación de juntar palabras con acierto metafórico, rítmico y musical, ni siquiera con fuerza conceptual. Todo eso es poesía exánime, al estilo de los cadáveres que todavía se maquillan en Inglaterra para la fotografía post mortem.

En El banquete, de Platón, Diotima habla de la poiesis (producción) en cuanto que «causa que haga pasar cualquier cosa del no-ser al ser», si bien luego aclara que la poiesis es propia de los poietai (poetas); la poesía, sin embargo, es mucho más que poiesis, incluso supera la conjunción de esta con la techné (técnica) y la praxis (realización), todo lo cual viene a ser estéril si al verbum poeticum le falta el alma que por virtud del logos originalmente atendido debía tener.

Aquel logos de las cosas mudas, contemplado primigeniamente, cruza como un calambre de luz desde la primera intuición sensitiva o intelectual hasta la palabra, pasando por las múltiples resonancias de la intuición estética devenida en razón poética. Todo, absolutamente todo el arco de la poiesis, debe estar penetrado del misterio prístino del logos que busca su sentido final en el verbo, y que no es otro que poetizar el mundo, elevarlo a la dimensión etérea de su ser poético.

Ahora bien, ¿por qué poetizar el mundo? Porque es metáfora del hombre; aquel puede existir al margen del ser humano, pero solo cuando este lo enuncia es discurso y símbolo. No hay modo humanamente posible de dar cuenta del cosmos fuera del carácter simbólico del lenguaje. Decir el mundo es humanizarlo, y en la medida en que aquel deje de ser enunciado poéticamente, lo humano perderá la poiesis de su cualidad enunciativa haciéndose proclive a la vacuidad, primero, del lenguaje y, más tarde, del ser.

Novalis ya había hablado de espiritualizar el mundo por medio de la poesía, pero a mí me parece, querida mía, que es una redundancia, pues el espíritu es, por antonomasia, poiesis.

 Así, cuando el poeta escribe, debe hacerlo en la perspectiva taumatúrgica de quien ascenderá el mundo a signo de fuego, a la luz del logos fecundado por el pathos (sentimiento), pues siendo de este la razón poética su hogar por naturaleza, es allí donde el logos alcanzará su sentido para el poeta: en el propio acto de enunciarlo poéticamente, lo despoja de su lógica prístina y lo devuelve al mundo investido de otra… metafórica e innumerable.

En esta sutil violencia del signo, radica el origen del carácter taumatúrgico de la poiesis. Después, la poiesis será metamorfosis del cosmos, grado más alto de la taumaturgia poética. No hay poesía auténtica sin transfiguración del mundo. Lo demás son fuegos fatuos y luces de Bengala, artificios de verbo vano y vanidoso…

Ahora bien, querida mía, este pathos, que reside en la razón poética y por virtud del cual el logos de las cosas mudas deviene en logos poético, no es, contrario de lo que en ocasiones se ha creído, sensiblería ni sentimentalismo. Se trata de un modo de conocer el mundo no desde la racionalidad lógica, sino desde la racionalidad poética. El pathos es la razón del mundo en cuanto que espejo de lo humano, y de ello dieron buena cuenta los románticos.

Cuando miro, como ahora, una puesta de sol vienesa y siento en ella la melancolía de tu extrañamiento, estoy acercándome al mundo para conocerlo de un modo en el que los signos sensibles devienen en intuiciones intelectuales y el objeto conocido es, en sí mismo, una metáfora, una intuición estética. Esta racionalidad, propia de la razón poética, es la manera en que el pathos fecunda el logos de las cosas a fin de convertirlo en logos poético que transfigurará el rostro del mundo. El sentimentalismo y la sensiblería son pobres máscaras de carnaval.

La poesía, como he dicho, es eco del mundo y este es espejo del hombre, con lo cual aquella viene a ser el alma de lo humano. Poetizar el cosmos es insuflarle lo que de más elevado hay en nuestro espíritu.

Otra vez ha llegado, mi querida Évangéline, la hora, la eterna hora de despedirnos. Esperaré con ansias la pronta llegada de tu próxima misiva, en la que podré tener finalmente impresiones sobre tu diario vivir en Geremba. Imagino que ya están por terminar las tormentas eléctricas y se acerca la temporada fría, que en el monte Patrash se vive con particular intensidad. También sueño con que vayamos al lago Geremba y a la isla Akanthos, de cuyos lirios mutantes me has hablado. ¡Tanto nos queda por ver de nuestra reflectancia en el espejo del mundo!

Tuyo hasta el envés del reflejo,

Loris Melikow.


Cómo citar este texto

Alayón, Jerónimo. «Cartas a Évangéline. #9. Del verbum poeticum». ViceVersa Magazine. 17 de agosto de 2020. https://bit.ly/32oCgNk

© ViceVersa Magazine


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