Hay relámpagos fieros que cruzan el alma

Hay dolores tan fieros que cruzan el alma de un hombre, Jerónimo

Las lágrimas más amargas que se derramarán sobre nuestra tumba serán las de las palabras no dichas y las de las obras inacabadas

Harriet Beecher Stowe

Hay relámpagos fieros que cruzan el alma partiendo en dos lo que no fue y lo que no es, que zanjan la luz más potente y derriban los colosos de la ciudad interior. Tras ellos no hay odio ni tristeza posibles porque están por encima de lo humano —no se salpican con el légamo de nuestras mezquinas pequeñeces—. Son dolores altos, muy verticales. Solo el amor sobrevive en esa dolida cumbre del alma, transfigurado en íntima plegaria. Cuando se está allí, no hay otros vientos: es la soledad en su pureza, y uno deviene en lágrima de lava que pende del párpado de Dios. Suena la sinfonía del mundo, hermosa, pero habitamos ya otra textura del silencio y sus notas no nos alcanzan más que bajo la forma de su propio ocaso… Allí es el sagrado sigilo, ritual del amor ascendido a la más delgada luz —que hace sentir todos los dolores como propios—. Allí, el ojo del tiempo y la esencia inefable. Allí, el nombre que elegimos para nuestra eternidad. Allí, la hebra de oro que zurce la fraternidad de los espíritus y el Sol Invicto que nos llama en medio de la más ovillada noche. Allí, la Belleza Absoluta y su caligrafía cotidiana. Un alma que ha sido afinada por un diapasón semejante es ya resonancia de la humanidad, aunque el cadalso del destino la condene a la soledad innumerable… a presencia ausente.


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© 2021 Jerónimo Alayón.

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