Introducción al Proyecto Literario Akanthos

Carta del autor

Caracas, 24 de octubre de 2020.

Estimado lector:

En diciembre de 2012, luego de casi un año de silencio creativo, pude retomar la escritura, y entonces noté que estaba experimentando una suerte de salto tanto en el estilo como en los temas de escritura y en los fundamentos teóricos de mi producción textual. Descubrí la presencia de varias voces en mi expresión literaria, cada una correlativa de un rasgo profundo de mi ser, y sentí la necesidad de construir una comunidad de heterónimos a la que llamé Círculo de Akanthos.

Surgieron, por tanto, cinco heterónimos:

Kornelius Dekker, el más querido por mí, condensa mi amor por la cultura alemana y por su más hermosa expresión en Venezuela, que es Colonia Tovar, un pueblo fundado por colonos teutones en 1854, donde viví cinco años y al que considero como mi hogar. Geremba, la ciudad ficticia donde se asienta el Círculo, es en muchos sentidos la Colonia Tovar que existe en mí, distinta de otras…

John Parker representa mi pasión por la literatura británica del romanticismo.

Evaristo Carrión es el profesor universitario que no fui, el que se compromete con las causas políticas, el que escribe poesía erótica.

Jerónimo Alayón soy yo subvirtiendo las fronteras de la ortonimia, la ficción y la realidad… el lindero entre el rostro y sus máscaras.

Évangéline Longfellow es la expresión estética más sutil y compleja de mí: es lo que soy por medio de mi esposa María Carolina y de mi hija Katherina, como quien mira a través de un cristal que tiene la virtud de embellecer la visión. Ellas son mi vínculo con el mundo porque soy autista; un vínculo, además, que trasciende mi tiempo… y me revela la eternidad que reposa en mí.

Han pasado ocho años desde aquel inicio del Círculo de Akanthos, en los que he madurado la estética de cada uno de los cinco heterónimos a lo largo de ocho poemarios, dos libros de relatos, una obra de teatro y tres libros de ensayo. De estos catorce libros, apenas se han publicado dos: el poemario Evanescencia (2015) y el libro de relatos Las alas del escorpión (2015), ambos de Kornelius Dekker. Era preciso escribir en silencio, sin estridencias, sin publicar, mientras se daba cuerpo literario a los heterónimos.

Hace seis meses decidí crear el sexto heterónimo, Loris Melikow: él es lo que habría sido si hubiera podido elegir una vida, pues me habría gustado nacer en la Viena de la Belle Époque y vivir aquella explosión histérica de cultura germana que fue infartada por la I Guerra Mundial. Melikow es el seudónimo que durante 1890 empleó el escritor vienés Hugo von Hofmannsthal.

He pasado seis meses dedicado exclusivamente, en términos creativos, al desarrollo del proyecto de las Cartas a Évangéline, sobre ontología y fenomenología del lenguaje poético, y era imposible salir incólume de una experiencia semejante. Nadie sobrevive a sí mismo cuando se acerca tanto a la filosofía. La consecuencia es otro salto cualitativo que empieza a notarse en The lightning y en The word within the light, ambos parte del primer poemario de Melikow, titulado Fulgores.

Se ha abierto para mí un nuevo compás de escritura que marca ya un tercer período de producción textual, otro giro en la propuesta estética y en los alcances teóricos que fundamentan todo el sistema de Akanthos. He iniciado un ascenso abstractivo de la noche a la luz que habita en su seno, en términos novalisianos, y es muy probable que sobrevenga una ruptura del vínculo entre mi palabra y su tiempo, pues si no atiendo a la máxima que sostiene el sistema de Ramón Lull en Ascenso y descenso del conocimiento (1304), es decir, el descenso del lenguaje interior al mundo, solo queda el ascenso hacia realidades cada vez más abstractas que sean referencia unas de otras. En teoría, tendría acceso a un lenguaje interior cuyo lenguaje exterior rompería su vínculo de contemporaneidad haciéndose comprensible solo en la semiosis postergada, cuando su procesamiento textual haya obligado a los lectores a hacer el mismo viaje abstractivo para hallar la clave hermenéutica del sistema, en algún momento de un futuro en el que muy seguramente ya no estaré… felizmente.

La diferencia entre este tipo de discurso y el demencial estriba en que este último jamás podrá aspirar a la semiosis postergada. Estoy consciente plenamente de los riesgos. Sé que me expongo a la incomprensión, indiferencia y soledad (¿acaso no las he vivido desde siempre como autista?), pero sé muy bien lo que estoy haciendo y hace mucho que ya no temo a esa posibilidad. Por el contrario, estoy decidido, en paz, a hacer el viaje… un viaje hacia la luz tan sola de la lucidez abstractiva. Mi compromiso no es con la luz de este mundo, sino con la palabra que habita en la delgada verticalidad de esa otra luz.

Quiero creer que el mundo —ese mismo que me resulta cada vez más extraño y que moriré sin entender finalmente— es un lugar maravilloso y lo pueda ser aún más en tanto sea impregnado por la poesía, por la música, por el arte en general, por todo aquello que le restaure su valor de ser metáfora y espejo sublimes de lo humano, de la eternidad que habita en el interior de cada uno, y para ello es necesario que algunos hagamos el viaje abstractivo y asumamos el hiato ontológico que él supone… No hay nada de especial en ello salvo un amor simple, muy simple, por la belleza total, esa que cubrirá como un arco de armonía absoluta la gran obra de arte que empezó hace 2,5 millones de años cuando el primer Homo habilis talló el primer adorno sobre una herramienta, y que concluirá en 7000 millones de años cuando nuestro Sol empiece a agonizar…

J.A.

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