La tarea

La tarea, Jerónimo Alayón.

Cuentan que estando el poeta Paul Valéry en una fiesta de sociedad fue requerido por una dama para que le obsequiara un autógrafo. El autor abrió la cartilla de rúbricas de la aristócrata al tiempo que le preguntaba cuál de sus libros había leído. Habiendo recibido por respuesta un rotundo «ninguno», pasó un rato garabateando palabras que, bajo el rótulo «tarea», no fueron otra cosa que la lista de sus obras publicadas.

Al margen de que la anécdota sea cierta o falsa, hay en ella aspectos que son frecuentemente reales, incluso hoy. Hay bibliotecas domésticas que suelen tener algunos volúmenes autografiados por sus autores, y sobre cuyas páginas jamás se ha posado la vista de un lector. Hay también los afiebrados coleccionistas de autógrafos que nunca leerán. Todo esto es cierto, tanto como los que leen y releen hasta casi desintegrar el libro entre sus manos.

Siempre se nos hizo el rendez-vous a los escritores, pero hoy parece haberse exacerbado con el auge de los mass media, todo lo cual ha servido para hinchar, y no poco, el ego de los autores. En ocasiones, pareciéramos más interesados en la venta de ejemplares, likes, entrevistas y eventos sociales que en la posible trascendencia estética de nuestra obra. Es común que en las conversaciones entre colegas no se hable con la debida asiduidad de los problemas técnicos o filosóficos de la escritura como de su difusión o de la atención que concita en determinados medios. Quizás seamos los primeros en invocar el espíritu de la dama francesa de la anécdota de Valéry.

La tarea del autor es escribir y la del lector leer, así como la del crítico es juzgar el valor literario de la obra y la de editores y libreros divulgarla. Me temo, sin embargo, que las cosas no estén tan delimitadas hoy, de modo que podemos ver al escritor haciendo mercadeo y escribiendo la reseña crítica de su propio libro. Todo ello ha contribuido a enrarecer la atmósfera de la producción literaria.

Claro está, los problemas filosóficos y estéticos de la creación literaria, en un escenario así, pasan a un segundo plano con más frecuencia de la deseada. Uno nota enseguida —y no son pocos, afortunadamente— cuando un escritor trabaja una propuesta estética y se preocupa por pensar las claves de su propio devenir literario.

Afanarse con los engranajes del propio proceso estético de creación pone el acento en la producción textual, que debería ser la principal ocupación de un escritor.

Afanarse con los engranajes del propio proceso estético de creación pone el acento en la producción textual, que debería ser la principal ocupación de un escritor. Dar sentido al quehacer literario guarda relación intrínsecamente con esto. Lo demás es accidental o incidental, según como se lo quiera ver. Definir las coordenadas ontológicas de lo que hacemos con las palabras… ese es el norte de la brújula. Cuando nos alineamos con él, cada trazo sobre el papel o la pantalla tiene una profunda razón de ser que contribuye a la realización material de una obra estéticamente coherente y cohesionada.

Desde esta perspectiva, la escritura no es apenas un proceso creativo, puesto que podría ser también y principalmente un viaje iniciático, una búsqueda personal orientada hacia algo que está incluso más allá de las palabras y los lectores. Por supuesto, no toda interrogación estética es ni debe ser ineludiblemente una expedición ontológica… solo si el autor experimenta la necesidad de convertir en peregrinaje su propia creación artística, como es mi caso.

En tal situación, los parámetros de la creación literaria son a un mismo tiempo las coordenadas de un viaje interior que no siempre da cuenta de sí sobre el papel. En ocasiones se trata incluso de una indagación mística que apenas trasluce una parte de sí en la obra, tales fueron los casos de Novalis, Blake, Yeats, entre otros. No estamos hablando de la representación poética de un periplo íntimo al estilo de la que hizo, por ejemplo,  santa Teresa de Jesús en Las moradas, sino justo de lo contrario: la asunción de una estética en cuanto que vademécum de elevación espiritual… el arte como vía —personal, íntima y confidencial del escritor— hacia la divinidad.

Hay autores para todo, y eso está bien. Los hay de salón y de ínfimo corrillo, de redes sociales y de bibliotecas, de encierro a cal y canto mientras se escribe y de cafés, de escribir para brillar y de brillar para escribir. Al cabo, en casi nada se distingue el gremio de los escritores del resto. Cada cual debe hacer su tarea, a fin de cuentas, para que el lector pueda dar cumplimiento a la suya. En cualquier caso, eso sí, unos y otros tendrán, al final del día, que hallar su lugar ante el texto, del mismo modo que uno se pregunta quién es cuando ha sido testigo de algún prodigio… pues la palabra cruzada por la belleza lo es.

Quizás en aquella lista de Valéry —más que libros— estaba un catálogo de esfuerzos, esto es, de empeños en dar a los lectores un punto de encuentro. Eso también significa en francés la expresión rendez-vous. Una obra literaria es, en resumidas cuentas, un espacio en el que nos citamos con alguien más para iniciar un viaje maravilloso que Kafka no tuvo empacho en definir como «una expedición a la verdad». Justo allí comienza la tarea…

Alayón, Jerónimo. «La tarea». ViceVersa Magazine, 4 de abril de 2022. https://www.viceversa-mag.com/author/jeronimo-alayon/

© 2022 Jerónimo Alayón

© 2022 ViceVersa Magazine

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