Proyecto Cartas contra el Olvido

Justificación



La literatura no es solo lo que sucede cuando un escritor publica un libro. En este sentido, deberíamos atender a la advertencia de Henry Miller: «La mayor parte de la escritura se hace lejos de la máquina de escribir». Durante el siglo XIX y aún la primera mitad del s. XX, la correspondencia entre escritores como vía para consolidar una amistad literaria produjo textos de una altura tal que constituyen en sí un género literario. Más acá de esa prerrogativa, también reposa en dicha correspondencia para los académicos una inagotable cantera de tesis y posturas, en ocasiones hasta más interesantes que la propia producción intelectual de sus autores. Así, por ejemplo, los epistolarios de Jack Kerouac y Allen Ginsberg, Mishima y Kawabata, Hermann Hesse y Thomas Mann, entre otros, pueden ser emblemáticos.

Ahora bien, con la irrupción de la Revolución Digital y los medios telemáticos, aquella personalísima caligrafía de las cartas manuscritas ha sido sustituida por la genérica tipografía de los procesadores de palabras; como si ello fuera poco, casi todo lo que los autores contemporáneos intercambiamos —salvo excepciones muy cuidadas— desaparece en la papelera de los ordenadores y servidores de emails. Millones de bits —que habrían representado información valiosa para la arqueología literaria— son eliminados en un cotidiano holocausto digital.

Personalmente sostengo correspondencia con algunos autores y académicos por email y puedo dar fe de esta evanescencia de la palabra digital. Preocupado por ello, he dado inicio a este proyecto personal, en el que vida y literatura se fusionan y constituyen un insustituible reconstituyente del trabajo literario e intelectual que, además, quedará en la memoria documentable.

Metodología

Bases procedimentales



OBJETIVO

El proyecto «Cartas contra el Olvido» tiene un doble objetivo, uno personal y otro que podríamos llamar de contagio. Mi objetivo, al empeñarme en él, es preservar mi propia correspondencia. El segundo objetivo es entusiasmar a otros autores a tomar como suyo este proyecto y trabajar para construir una memoria documental de sus reflexiones y preocupaciones literarias.


PRESUPUESTOS PROCEDIMENTALES

Con el auge de la correspondencia digital, carece de sentido y practicidad echar mano del correo postal; sin embargo, podemos seguir escribiendo a mano cartas y cambiar de cartero: en lugar de aquel señor con gorra, ahora las distintas plataformas de mensajería serán los carteros modernos. En vez de depositar una carta en el buzón postal —como se hacía hace treinta años—, la entregamos al correo electrónico, WhatsApp, Telegram o cualquier otra plataforma que nos sirva de mensajero.


ASPECTOS PROCEDIMIENTALES

1) DESTINATARIO: En mi caso es clave no escribirme con cualquiera. Necesito un feelling, un clic, una historia que me una a mi interlocutor, por lo que los escojo con cuidado. Generalmente son escritores y académicos que o bien conozco solo digitalmente hace no menos de un década (lo cual no desmerita en lo más mínimo la posibilidad de una relación honda y humana) o bien nos conocemos personalmente y hemos entablado una amistad consolidada en el afecto presencial.

2) CARTAS: Las cartas son manuscritas, como lo habrían sido hace unas décadas, pero se digitalizan, bien por medio de una foto o escaneándolas (procedimiento, este último, que sigo por su mayor calidad visual). La idea de las cartas es compartir tesis, posturas, planteamientos, angustias, preocupaciones, aspiraciones y frustraciones, en fin, todo aquello que pueda afectar nuestra cosmovisión literaria.

3) ENVÍO/RESPUESTA DIGITAL: Esta carta digitalizada se envía por medio de alguna plataforma digital de mensajería que sea idónea a ambas partes (email, WhatsApp, etc.), y el destinatario la contestará, a su tiempo, siguiendo el mismo procedimiento.

4) ENVÍO/RESPUESTA EN FÍSICO: La carta manuscrita la guarda el remitente hasta que pueda hacerla llegar a su destinatario por correo postal, paquetería o encomienda personal. La idea es que el destinatario sea el recipiente final y custodio de las cartas.

5) ARCHIVO FÍSICO: Nada de esto tiene sentido sin la construcción de un archivo físico personal en el que se recoja no solo la correspondencia, sino los diarios, apuntes y demás papeles de trabajo del autor. Tener conciencia de esto es entender el posible valor histórico de un quehacer literario, muy al margen de que se sea o no un escritor reconocido. Se trata, más bien, de un asunto de responsabilidad como profesionales de la escritura.

Por ejemplo, en el caso de la literatura nacional de mi país, Venezuela, es poco lo que podemos saber de la relación vida-obra, expresada por él mismo, de un poeta señero como José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), puesto que parte de su epistolario se perdió; hoy es un poeta relevante, pero en su tiempo fue profundamente incomprendido, y lo poco que sabemos con acierto de su modo de comprender el mundo, de sus angustias y dolores, de su atormentada soledad, sin la mascarada literaria, proviene de unas pocas cartas a su prima Dolores, a su hermano Lorenzo y a uno que otro amigo, todas de apreciable valor documental para la arqueología literaria.

6) CUSTODIA: Finalmente, en algunos casos, a falta de un familiar, puede que sea necesario el requerimiento de un albacea literario, alguien que cumpla la última voluntad del autor (generalmente expresada en un testamento literario), de modo que el acervo documental de aquel sea preservado en una institución para tal fin y tratado conforme a la última voluntad del autor.


ADVERTENCIA FINAL

Nada de esto debe hacerse como parte de un espectáculo. Lo íntimo y privado no debe constituirse en tal. Siempre veo con tristeza cómo escritores, más ocupados en trabajar su imagen que en escribir, «ventilan» en las redes sociales fragmentos de comunicaciones privadas que han intercambiado con «autores relevantes», todo para ganar indulgencia con escapulario ajeno, como dirían en mi pueblo. ¡Nada más denostable! Lo íntimo debería ser público solo si es concertado por ambas partes, y en ciertos casos muy delicados, cuando las partes involucradas (a veces incluso los descendientes) ya no viven.

Jerónimo Alayón