Selección de poemas inéditos (II)

Poemas inéditos II, Jerónimo Alayón

Selección de poemas de «Anillo de fuego» en Tratado sobre el humo, de Kornelius Dekker

Ella se fue

Ella se fue con la niebla de las cavernas / la madre de todas las noches se abrazó a ella / desde entonces solo guardo mi fe en un calendario de ayer.

La silueta de su cuerpo en el viento viene a visitarme / mi casa es una grieta en el tiempo / y yo soy aquel cuyo nombre fue escrito dentro del fuego.

La que murió de tristeza descendió al Reino de las Sombras / en cada penumbra que me cerca susurra / su voz puebla los calveros de luz que se agazapan en cada rincón / solo la noche me trae el pasadizo a la intuición de sus formas.

Ella / Eurídice / es la sombra de la luz que un día fui.

Mi flecha cruzó siete espejos

Mi flecha cruzó siete espejos hasta rozar el corazón de la eternidad / mi daga cortó en dos la flama del primer pebetero / y el filo de mi espada silbó la canción del ocaso sobre los cabellos del mundo / toda mi ira no fue suficiente para abrir las puertas del tiempo.

Ella se precipitó finalmente en la oscuridad como una lágrima de lava / en su caída los pájaros del Abismo cesaron el vuelo / todas las sombras se dolieron de su infortunio / ningún silencio osó ofender la majestad  de su muerte. Mi mano hendirá la luz negra por ella.

Más allá del tiempo

Más allá del tiempo queda la puerta de la noche / nadie con suficiente vida podría llegar a ella / allí los anhelos se vuelven en tormento y la memoria es tan solo un pliego del tiempo.

Al cruzarla todos los calendarios se hacen uno solo / lo que somos y lo que seremos es realmente lo que fuimos / por un instante lo uno es el todo y el todo vuelve a lo uno con una brevedad imposible.

En nube de polvo se convirtió la colina. A través de la nube vi los rasgos glorificados de la amada. En sus ojos descansaba la eternidad. Cogí sus manos, y las lágrimas se hicieron un vínculo centelleante, indestructible. Pasaron milenios huyendo a la lejanía, como huracanes. Apoyado en su hombro lloré; lloré lágrimas de encanto para la nueva vida. Fue el primero, el único sueño, y desde entonces, desde entonces solo, siento una fe eterna, una inmutable confianza en el cielo de la noche, y en la luz de este cielo: la amada.

La voz del peregrino rasgó el velo del último miedo / su presencia cruzó con la exactitud del rayo los abismos que hay tras el viento polar / su silueta contra la eterna oscuridad tenía el aire de un sacerdote antiguo / tomó mi mano y cruzamos hacia la noche.

El hielo de los abismos

El hielo de los abismos tocó mi corazón / el último latido fue la eternidad / pero más adentro el fuego del amor permanecía intacto / todos los gemidos eran uno / y en mi caída hacia la noche pude ver la entraña de cada horror.

¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama, por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve, a la que todo lo alegra, la luz… Pero me vuelvo hacia el valle, a la sacra, indecible, misteriosa noche… Ella te envía hacia mí, tierna amada, dulce y amable sol de la noche. Ahora permanezco despierto, porque soy tuyo y soy mío.

La voz del peregrino abrió la última puerta /  tras ella estaba la suma de todos los fríos / la pureza de la oscuridad / el Reino de las Sombras / yacía allí la hebra de luz arrancada a mi antorcha / vuelta en luz negra. Cruzamos / y la flama de mi tea hizo pulso con el fuego polar del Abismo.


Alayón, Jerónimo. «Selección de poemas inéditos (II)». ViceVersa Magazine. 3 de noviembre de 2020. https://bit.ly/356G7A4

© 2020 ViceVersa Magazine

Imagen de cabecera de ©2020 Jan Gunnar Nygård.

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