La hidalguía de espíritu

La hidalguía de espíritu, Jerónimo Alayón

Raro. Muy raro. Que alguien hable de hidalguía del espíritu hoy… es muy raro. Pero tratándose de mí, la rareza es, por decirlo de algún modo, una insignia. Así pues que hablemos de la hidalguía del espíritu y de otras rarezas vecinas. Se trata de algo desde y para lo cual vivo hace mucho.

Estoy convencido de que una vida buena —entendida en cuanto tal aquella que se vive con dignidad y un sentido de trascendencia humana y divina— precisa de algunas virtudes que funjan en tanto que coordenadas, de modo, pues, que este breve texto no debe tomarse como una cátedra ni un vademécum, dado que a duras penas es mi propia carta de compromiso con mi existencia. Tampoco crea nadie que soy un dechado de virtudes. Precisamente por no serlo me exijo cada día aspirar con constancia a una altura que aún siento distante.

Justicia, fe y caridad, en mi opinión, son los tres pilares sobre los que se levanta el edificio de los hábitos virtuosos. Aquella, la justicia, la entiendo no solo en tanto que dar a cada cual según su derecho (Ulpiano dixit), sino como su propia sublimación en la excepción de la norma cuando esta es perfeccionada por fidelidad a su espíritu conforme a un contexto que haría injusta su letra, aquello que los griegos antiguos llamaban epiqueya.

Un espíritu justo debe ser necesariamente valeroso, pues para defender lo justo y verdadero en contextos de inequidad es necesario el valor. No pocas veces hacer lo correcto implica un coraje en el que se va afinando el alma como la cuerda de un instrumento, con lo cual se termina haciendo el hábito de sobreponerse al miedo (que nunca dejará de estar, puesto que somos humanos). El valor supone tener conciencia de la valía de los otros —destinatarios eternos de la hidalguía de espíritu—, especialmente de aquellos más débiles y vulnerables.

De la justicia se derivan también la humildad (reconocimiento de las propias deficiencias sabiéndose potencialmente complementado por los otros) y la templanza (volición de limitar los apetitos personales a fin de no transgredir los límites y derechos ajenos). La humildad y la templanza suponen ser la piedra angular de la generosidad, pues esta no se hace de lo que nos sobra después de habernos saciado en demasía ni puede dar de sí con soberbia. Un espíritu genuinamente generoso lo es porque antes ha sido comedido y humilde, puesto que comprende cabalmente aquello que echan en falta los más vulnerables.

Un espíritu justo sabe, además, que el primer derecho que debe a su prójimo es el de la lealtad. Ser leal exige el valor de la esforzada constancia, especialmente cuando aquel a quien la debemos ha sido traicionado. Ser leal a alguien que un día sufrió traición tiene el poder de sanar los espíritus rotos y devolverles la fe en lo humano.

Ahora bien, todo espíritu justo debe necesariamente equilibrarse, a su vez, con la caridad, que tiene el don de dulcificar la justicia sin hacer menoscabo de ella. Un alma caritativa no pierde de vista el deber de amar a todos, pero especialmente a los más desvalidos, puesto que son los que lo necesitan en demasía. Así pues, la misericordia es la consecuencia inmediata de los espíritus caritativos que rápidamente se inclinan a construir las vías para que el débil pueda fortalecerse por sus propios medios y activamente.

Toda hidalguía de espíritu es, en esencia, una belleza del alma que espera en Dios.

Un alma caritativa será, por antonomasia, noble. La nobleza es la constatación de que se vive con justicia y caridad la hidalguía de espíritu, sin considerar esta, en ningún momento, una marca de superioridad, por tanto, rechazo categóricamente la idea de que la bondad pueda ser alguna suerte de poder (Unamuno dixit).

La caridad es directamente proporcional a la pureza de corazón. Un corazón impuro no puede amar sanamente. Por consiguiente, y este creo que es el mayor bien espiritual, sostener con valor la pureza de alma es el nervio central del sistema de valores de alguien que pretenda vivir conforme a la hidalguía de espíritu. También es esencial a la sabiduría, que no es saber mucho, sino una castidad del saber, a la cual se aspira como medio para defender el derecho del prójimo a ser feliz, pues la dicha propia ha de estar constituida sustancialmente de la ajena. Un espíritu sabio entiende, además, que la celeridad y la voluntad son inherentes a la justicia y el amor.

Una virtud del espíritu caritativo es la indulgencia, pero el perdón, a mi entender, debe ir de la mano de la justicia, pues me parece que nada hay más grotesco que perdonar injustamente o hacer del perdón una razón para excusarnos del sometimiento a la justicia.

El reto, quizás,  más difícil de vivir conforme a la justicia y la caridad sea encarnar la sinceridad (obrar sin simulaciones ni disimulos, de cara a la verdad) y la honradez (actuar con arreglo a la integridad), y todo ello en la clave de admitir que el mayor regalo que podemos dar a los demás es la verdad sobre nosotros mismos.

Ahora bien, la justicia y el amor no son nada, en mi concepción personal, sin la fe, puesto que esta hace que aquellas se apoyen sobre la confianza absoluta en una divinidad, lo cual permite que se dimensionen sobrenaturalmente. Así pues, lo justo y lo amado cobran el sentido de dirigir a través de ello el amor a lo divino. Toda hidalguía de espíritu es, en esencia, una belleza del alma que espera en Dios.

Un espíritu con fe sabe de la esperanza, de la perseverancia y de la piedad. La primera permite a las almas bellas saber que no serán defraudadas en lo que esperan, pues todo cuanto esperamos es un signo de la mayor esperanza: la de la salvación, y que si lo esperado no llega, aún queda la perseverancia de quien confía en que siempre recibirá, incluso de formas diversas a la que esperaba, para lo cual la piedad por las cosas sagradas, divinas y humanas, es un vínculo sustancial de confianza en la divinidad.

Cuando la justicia, la caridad y la fe se hibridan, puede nacer la paciencia en tanto que virtud amorosamente justa para con aquellos cuyas insuficiencias debemos sufragar o con quienes se disponen a remediar nuestras propias deficiencias, pues comprendemos que esperamos un bien mayor que nace en nosotros y se colma en el prójimo, y viceversa. La paciencia es una esperanza que cree en algo que no ve y aguarda con absoluta convicción, sabiendo que en toda espera late la espera de la eternidad.

Esta es la hidalguía en la que creo y a la cual aspiro. Muy lejos estoy de ella, pero es un ideal… el ciervo dorado que perpetuamente persigo. La felicidad, sin duda, no está en darle alcance, sino en la certera sospecha de su existencia…

Alayón, Jerónimo. «La hidalguía de espíritu». ViceVersa Magazine, 28 de marzo de 2022. https://www.viceversa-mag.com/author/jeronimo-alayon/

© 2022 Jerónimo Alayón

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