El símbolo poético, viaje abismado en la luz

El que se asombre de que un símbolo formal pueda no solo permanecer vivo durante milenios, sino también retornar a la vida después de una interrupción de miles de años, debería recordar que el poder del mundo espiritual, del que forma parte el símbolo, es eterno.

Walter Andrae

A Carmen Cristina Wolf

Hubo un tiempo en el que el hombre vivió erguido por virtud del poder de los símbolos, en el que aquellos y el espíritu se consustanciaban en una misma arquitectura monolítica. Entonces facultábamos y éramos facultados por formidables signos. Éramos también un trazo fundamental en la alegoría del mundo, con lo cual nuestra razón de ser era a un mismo tiempo el sentido sígnico de una semiosis universal. Hoy, sin embargo, parece que hemos olvidado que todo tiene un fundamento simbólico, puesto que el ser se manifiesta creando lenguajes.

Conocer el símbolo requiere de una particular epistemología que se distancia de aquella que apenas relaciona signos y realidades, pues supone una temporalidad de la que se halla emancipada lo simbólico, cuyo tiempo es lo eterno. Su lógica, por tanto, no es otra que la de la eternidad que lo rige. Acercarse al símbolo en cuanto que simple mediación humana constituye una visión anémica de aquello en cuya contemplación se hacen una misma cosa el ser y el saber. Asimismo, asumir el arte como solo goce estético supondría privarlo de su fecundidad simbólica y, por consiguiente, de sus posibilidades humanas, también ilimitadas.

La poesía acaso sea la más alta de las posibilidades simbólicas del espíritu puesto que su origen está en el de toda razón, sentir y contemplación. Hay en la palabra, así asumida, un sagrado halo de misterio que permite intuir —a quien la vive de este modo— la existencia de una luz a la que corresponde un signo, uno solo, que condensa en sí todo nuestro ser y por el que habremos de ser llamados; un nombre con tal potencia simbólica que no podrá ser dicho sino una vez porque luego seremos plenitud.

La intuición de la armonía que habita en dicha luz ha de restaurar al cosmos la belleza en él perdida. Sin esta, como en un espejo cuyo azogue se ha deteriorado, le será parcialmente imposible al alma reconocerse en el mundo. Así pues, aquella es capaz de restituir al universo su poder de órgano reflector del espíritu, de modo tal que reconociéndonos en nuestro reflejo, podamos también reconocer la eternidad que reposa en nosotros.

Sin la belleza, apenas queda el viento helado sobre el fiordo del espíritu… pues en el roce de ambas bellezas, la del alma y la del mundo, se fecunda aquella ofreciendo tantas y tan misteriosas formas. Conviene también saber que la armonía no es solo una, sino innumerable.

Cuando el poeta elige vivir en la perplejidad de saber que la poesía es el tiempo de su alma y signo de su eternidad, ha recuperado para sí el antiguo vigor del símbolo.

Leer un texto poético no es apenas entender unas palabras, un sentir o algo que subyace al verbo. Es, sobre todo, conectar con un tiempo simbólico que no habita en los relojes porque no padece la vanidad de ser medido. El viaje hacia la palabra poética supone cruzar el ocaso y el alba en una sola claridad, unidos en una luz incesante. Un poema es el fulgor de esa lucidez.

Quizá pocos modos de penetrar el misterio concedan sentir la caricia con que la poesía siembra la semilla de tal lucidez en la enigmática noche del alma. Para ello el poeta y el lector han de estar dispuestos a cruzar el tiempo simbólico de la creación aspirando a contemplarse incluso en su propio origen. En dicho sentido, la poesía es siempre originaria. Por tal motivo, el creador debe saber que nunca deberá estorbar al poema yaciendo entre este y su destino, si tuviera alguno, pues solo oficiando la propia ausencia será presencia y trascendencia.

En ocasiones ocurre que la oscuridad simbólica del poema abraza con cuido materno la única luz que será capaz de provocar la epifanía —el sol de la noche que Novalis intuyó—, y desde el misterio nos llama una voz que nos reclama para sí. Sospechamos entonces una belleza, aquella que un día fue dintel de nuestra alma y es —apenas y sin menoscabo de sí— la altísima posibilidad de volver a la palabra. Sin ella está ciego el tiempo, sorda la eternidad que somos y muerta la libertad del nosotros. La metáfora deviene así en latido de esa luz… enigma elusivo… símbolo poderoso… presentimiento sutil de la eternidad.

El poeta, absorto en el esplendor, termina viviendo —incluso más allá de los límites de su tiempo— en ese símbolo eterno que ocurre cada vez que alguien lo lee. Ambos serán, por tanto, una sola luz incesante y el mundo habrá restaurado en sí parte de su belleza. ¡Qué perplejidad tan alta: los dos abismados en la luz, y el mundo… parto de la armonía!

El símbolo poético es, por tanto, un viaje abismado en la luz hasta alguna lejana frontera ontológica, al otro lado de nuestra eternidad interior, en la que la belleza aguarda por nosotros. En ella abrazamos, desde el presente del alma, «la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro» —que decía Novalis—, y redimimos el tiempo absoluto, pues el presente del mundo pertenece al tiempo, pero el presente interior pertenece a la eternidad.

Cuando el poeta elige vivir en la perplejidad de saber que la poesía es el tiempo de su alma y signo de su eternidad, ha recuperado para sí el antiguo vigor del símbolo —el eterno asombro de su luz— y ha dado a lo imperecedero un nombre confidencial y excelso, capaz de afinar su espíritu una octava más alta hacia la belleza absoluta. Por ella podría, entonces, cruzar el mundo y su dolor hasta la tumba… una vez más.

Alayón, Jerónimo. «El símbolo poético, viaje abismado en la luz». ViceVersa. 13 de diciembre 2021. | https://www.viceversa-mag.com/author/jeronimo-alayon/

© 2021 Jerónimo Alayón

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