El valor de ser intelectual

¿Qué hace esencial a un filósofo, poeta o escritor? ¿La fama? ¿La cantidad de libros escritos? ¿El inventario de entrevistas? En mi opinión, nada de esto guarda relación con la esencialidad de un autor. Al menos, no con la intelectual. Un autor es esencial en la medida en que es capaz de producir una comunidad de discurso —incluso posterior a su muerte—, y, para ello, debe crear textos seminales. En otras palabras, un autor es esencial cuando ha comprendido el valor de ser intelectual.

El texto seminal

No existe una teoría sobre qué es un texto seminal más allá del empleo del término para referirse a aquellas publicaciones que tienen un carácter fundacional o primigenio. En tal sentido, el Diccionario de la lengua española ofrece tres acepciones de la palabra seminal que remiten a la noción de ‘fecundidad’. Por consiguiente, un texto seminal es un texto fecundo, fértil.

Pero ¿en qué consiste dicha fecundidad? La sola idea de la fertilidad textual remite a una erótica del texto. Ya habíamos dicho en otra parte, a propósito del discurso literario, que «las palabras se constituyen así en artífices de una caricia sobre la inteligencia, en portadoras de esa sensualidad adictiva capaz de convertir una frase en liturgia de culto».[1]

Ahora bien, la erótica textual no tiene por fin la simple obsesión del lector por una frase. Nada sería más estéril que eso. Aspira a otra cosa:

El lector no necesita sentirse sometido por las palabras para alcanzar una fruición pasajera: se subsume, por medio de aquellas, en un abarcamiento cultural que excede el todo de su tiempo y lo transporta a ese goce intemporal de hacerse uno con el flujo de humanidad.[2]

En esta unión del lector con el flujo de humanidad tiene su rasgo definitorio el texto seminal porque propende a la fecundidad textual. Quien lea Ser y tiempo de Heidegger no podrá menos que sentirse conectado con la noción parmenidiana de verdad y con el flujo de saberes que dicha noción engendró. Claro está, siempre que estemos ante un lector que sepa reconocer dicho flujo.

Hay un aspecto más sobre el texto seminal, además de la sensualidad semántica del lenguaje y de su capacidad para conectarnos gozosamente con un flujo de humanidad: su poder relacional de lo diverso:

En este sentido, todo lenguaje es la sombra de otro que flota a la deriva en la superficie de esa corriente de saberes. El escritor es, por tanto, un tejedor de naufragios textuales, alguien que entiende el valor relacional de lo diverso. Solo la erótica verbal es capaz de convertir en archipiélago la soledad insular de las palabras. Cuando el creador textual concibe su cosmos sígnico, lo hace del mismo modo en que se engendra la vida: en la conjunción de la techné y el eros. Los estructuralistas olvidaron dicho principio y, en consecuencia, redujeron el texto a simple artefacto literario, a producto técnico de un artesano.[3]

Esta capacidad de relacionar fragmentos discursivos es la virtud por excelencia del intelectual. No hay producción intelectual sin una aptitud relacional de lo diverso, sin esta prerrogativa de rescatar la palabra de su naufragio sígnico para ponerla en coniuctio.[4] ¿Y cómo se logra esto más allá de la simple y formal conjunción de palabras y sentidos? Orientando el lenguaje en la perspectiva de aquello que S. T. Coleridge llamaba «poder esemplástico» o la imaginación secundaria:

Sostengo que la imaginación primaria es el poder viviente y principal agente de toda percepción humana, y como una repetición en la mente finita del acto eterno de creación en el infinito yo soy. La [imaginación] secundaria la considero como un eco de la primera […], difiriendo de ella solo en grado y en el modo como funciona. Disuelve, difunde, disipa para recrear […], lucha por idealizar y unificar. Es esencialmente vital, mientras que todos los objetos (como objetos) son esencialmente fijos e inertes.[5]

Este poder esemplástico (que significa en griego ‘moldear en uno’), tal como lo entendía Coleridge, se basa en la imaginación secundaria y su capacidad recreativa, a cuyo fin primero disipa la realidad de lo diverso (en el lenguaje) y luego la une (en la imaginación) sin que pierda su valor diferenciador.

Del texto seminal a la comunidad de discurso

Cuando el autor alcanza a construir un texto seminal y lo difunde, siquiera sea de manera reducida, casi inevitablemente surge una comunidad de discurso en torno del mismo, alimentada primero por los comentaristas y más tarde por la crítica. Podría decirse que —en el sentido que pretendemos darle aquí y no solo en su acepción lingüística— la comunidad de discurso es el pensamiento originario del autor expresado más tarde en múltiples voces.

Sabemos que la obra poética de John Donne, por ejemplo, no fue publicada en vida, sino que circuló manuscrita entre sus contemporáneos. Ello no fue, sin embargo, obstáculo para que se lo considerara, en su tiempo, el poeta conceptual inglés más importante, a caballo entre los siglos XVI y XVII.

Si hay algo propio de un texto seminal es cierta capacidad del mismo para que algunas afirmaciones tengan semánticamente un carácter extensional, esto es, que su contenido tenga tantas implicaciones y tan densas y ricas que propalen toda suerte de desarrollos conceptuales. Esto lo hemos podido comprobar en la relación que existe entre la deconstrucción derridiana y la noción de Destruktion en Heidegger.

La comunidad de discurso no abarca solo aquella extensión argumental de un contenido seminal, sino hasta la propia extensión contraargumental. Alguien podría decir que la extensión contraargumental no representa la voz originaria del autor. Quizás sea bueno recordar, por ejemplo, que el Wittgenstein de Philosophishe Untersuchungen se deslindó de aquel otro Wittgenstein del Tractatus lógico-philosophicus. La contradicción y el deslinde respecto de sí caben como posibilidades reflexivas en la propia voz del autor, y de esto también puede ser eco (re)creador la comunidad de discurso.

Bien visto, la comunidad de discurso es a la voz originaria del autor lo que la imaginación secundaria de Coleridge es a la imaginación primaria. Aquella parte de la obra original del escritor para atomizarla, evanescerla en el análisis reflexivo, y luego volverla a unir en un todo recreado y nuevo que es eco de aquella originalidad, si bien con sus rasgos autónomos y propios. En esto radica la fecundidad intelectual.

El valor de ser intelectual

¿Vale la pena ser intelectual? Esta pregunta me la hago cada vez que leo o escucho a un escritor decir que no es ni pretende ser intelectual. ¿Acaso se pueda concebir mayor contradicción? Si hay algo inherente a la potencia creadora del acto de escribir es el acto reflexivo y su riqueza consustancial. ¿Qué sentido tiene escribir si no se lo hace en la perspectiva de fecundar el pensamiento, propio y ajeno?

El valor de ser intelectual radica, precisamente, en la posibilidad de enriquecer este flujo de humanidad en el cual viajamos. Ya sabemos que la construcción de un pensamiento coherente y con el ancla a cierta profundidad no es tarea fácil, pero es uno de los pocos modos de responder a la liquidez de la modernidad que nos tocó vivir. La superficialidad y la mediocridad, en este sentido, serían apuestas fatales.

La atomización y desvinculación de las categorías conceptuales, tan propia de la modernidad líquida, pone en riesgo la capacidad de entender el mundo desde cierta solidez teórica, lo cual implica no solo el relajamiento reflexivo que ya vemos en algunos autores, docentes y líderes, sino que promueve una suerte de activismo sin respaldo teórico que raya no pocas veces en la improvisación y en un empirismo ramplón. En este sentido, estaríamos viajando en la dirección contraria. Me temo que muchos ya hayan decidido entrar a la noche y niebla de la modernidad líquida sin mayor apresto que sus pies y la soberbia de creer que son capaces porque sí.

Si hay alguna valía en el hecho de elegir ser intelectual es cierta angustia existencial por lo que nos depara el futuro en cuanto que civilización, angustia que se salda en el viaje hacia la otredad. No hay un día en que el intelectual deje de mirar hacia la niebla, atento a escuchar los sonidos de lo irreconocible. A veces despierto de madrugada, y marchando a tientas en medio de la penumbra, comprendo que la noche exterior también puede estar adentro, que el peor modo de avanzar hacia la niebla es… la simpleza de criterio.


Notas

[1] Jerónimo Alayón, «Erótica del texto literario», ViceVersa Magazine, 12 de marzo de 2018, https://www.viceversa-mag.com/erotica-del-texto-literario/

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] Para los antiguos romanos, el término coniuctio tenía varias acepciones: ‘unión, lazo, relación, unión conyugal, parentesco, amistad, trabazón armoniosa de la frase, conjunción gramatical’. Como se echará de ver, todas relacionadas, de uno u otro modo, con el vínculo fecundo, humano o verbal.

[5] Samuel Taylor Coleridge, «Biographia literaria», en Baladas líricas y Biographia literaria: Wordsworth-Coleridge, de Gustavo Díaz Solís, 41-42 (Caracas: Monte Ávila Editores, 1987).


Cómo citar este artículo

Alayón, Jerónimo. «El valor de ser intelectual». ViceVersa Magazine. 17 de febrero de 2020. https://www.viceversa-mag.com/el-valor-de-ser-intelectual/

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