La escucha ontológica (I)

La escucha ontológica I Jerónimo Alayón Gómez Escritor / Profesor en la Universidad Central de Venezuela / Editor independiente

Alayón Gómez, Jerónimo. «La escucha ontológica», parte I. ViceVersa Magazine, 9 de septiembre de 2019, www.viceversa-mag.com/la-escucha-ontologica-i/.

El ser tácito, el tacitum ontológico, es un silencio indicioso y, por tanto, un signo plural, equívoco… un misterio cuya lectura supone una escucha ontológica para desentrañarlo. Se imponen, pues, unas condiciones para tal escucha que no son las del simple acto de oír. Aquel ha de ser, en definitiva, un oyente dispuesto a procurar el desocultamiento del ser, el hallazgo de la aletheia, esto es, la verdad que se nos revela y dona en el ser del otro y en ser del mundo.

La escucha ontológica exige como primera prerrogativa el silencio del ser propio: callar las voces interiores para oír atentamente el rumor del tacitum ajeno. No pocas veces colocamos nuestro verbo en los demás para escucharnos desde ellos. Es un ejercicio narcisista que casi nunca reconocemos como tal. Ocurre con demasiada frecuencia en las discusiones. Mientras uno esgrime su argumento, el otro no escucha la postura del primero, sino que hace inferencias desde la propia: oye así sus palabras en la voz de su interlocutor.

La escucha ontológica también es refractaria a los prejuicios y a la autorreferencia. No se puede escuchar el rumor del ser tácito del otro si se lo descalifica y considera deleznable e inferior. Tampoco se puede poner en práctica la escucha ontológica si, en lugar de oír profundamente el ser del otro, se construye un discurso cuyo referente es el yo. En ambos casos, la voz propia acalla el susurro del ser tácito del otro. Solo puede escucharse el tacitum ajeno desde el propio tacitum.

Ahora bien, suponiendo que se ha logrado hacer el silencio ontológico para predisponerse a la escucha ontológica, todavía queda un camino por recorrer, y empieza por saber qué escuchar. Parece difícil en principio, pero, como en todo lo que supone el conocimiento de la otredad, la clave está en prestar atención y cuestionar los signos que recibimos.

El lenguaje es en sí mismo muy complejo: significa mucho más de lo que el diccionario nos dice. Una expresión verbal apunta a un referente, pero implica otros significados que comprometen su semiosis, y que empiezan a surgir cuando la interpelamos: ¿por qué lo dijo?, ¿cómo lo dijo?, ¿cuándo y dónde lo dijo?, ¿para qué lo dijo y frente a quiénes? Estas son cuestiones que no se dicen y forman parte del ser tácito de quien enuncia un discurso, pero que para ser atendidas requieren ineludiblemente de nuestra escucha ontológica.

El asunto se complica mucho más cuando el enunciado carece de enunciación, esto es, cuando lo que se enuncia es el silencio. Ya hemos hablado del silentium, o sea, la ausencia de discurso de quien no sabe qué decir y, en consecuencia, qué callar. En este caso, no hay mucho que interpelar: apenas dará para preguntar por qué, y la respuesta será la ignorancia.

Hay, no obstante, un silencio rico en matices sémicos: el tacitum, la ausencia discursiva de quien sabe qué y por qué calla lo que no dice. Cuando se interpela el tacitum absoluto, entramos en un terreno donde no hay certezas sígnicas, sino la niebla propia de los textos oblicuos, metafóricos. Todo tacitum del ser es un tropo ontológico fascinante, cuyo discernimiento nos implica humanamente.

Ciertamente, una razón para que alguien apague su discurso puede ser la incomprensión o desprecio de quienes se suponía que debían ser su audiencia. En estos casos, lamentablemente, me temo que esa «audiencia» ni siquiera se percatará del mutismo de su interlocutor. ¿Estamos hablando, sin embargo, de otro ser tácito: el de quienes tenían y podían decir algo, pero optaron por la posibilidad de que ese algo fuera dicho desde y por el silencio?

En literatura, un caso emblemático es el de Juan Rulfo. Publicó dos libros, en 1953 (El llano en llamas) y en 1955 (Pedro Páramo). Después, silencio hasta 1980 (seis años antes de morir) cuando publicó El gallo de oro, que había escrito entre 1956 y 1958. A diferencia de Jerome Salinger, que siguió escribiendo en secreto, Rulfo suprimió su producción literaria. Al cabo, ambos se unen en la misma afasia textual al no volver a publicar. Pero… ¿es este el tipo de ser tácito a cuya escucha ontológica estoy aludiendo? No. En mi modo de ver las cosas, este tipo de mutismos radicales es una variante del suicidio, un modo de resolver tajantemente un absurdo, ¿el del lenguaje, quizás?

A mí me interesa explorar otra escucha ontológica, la de otro tipo de ser tácito: el de quienes tenían y podían decir algo, pero optaron por la posibilidad de que ese algo fuera dicho desde y por la discreción. Hay una diferencia sustancial entre el suicidio textual y la ausencia discreta. Ambos son discursos silentes y fascinantes, ciertamente, pero el primero es definitivo mientras que el segundo no lo es y faculta la intermitencia, en la que cada silencio dice tanto o más que los discursos entre los que se intercala, y cuya escucha ontológica es más exigente… De eso seguiremos hablando en el próximo artículo.

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