La muerte en francés

El bulto se escurría una vez más en la penumbra del fondo de la biblioteca. Benito levantó la mirada del poema a medio hacer. Fijó sus ojos en el rincón donde convergían los estantes de libros, pero no vio nada. La sensación de que algo se movía al fondo de la biblioteca lo asediaba cada noche, cuando gastaba sus horas de descanso escribiendo poemas que nunca mostraría, pues a él le bastaba con disfrutar aquella contradictoria mezcla de placer y angustia que le producía escribir.

La biblioteca era muy amplia. De hecho, era la habitación más grande de aquella vieja casona que Benito había comprado en El Hatillo con el dinero de la herencia. Era adicto a los libros antiguos, los candelabros y los quinqués, todo lo cual hacía que aquel recinto flotara en una especie de niebla amarilla (solo recuerdo haber visto una biblioteca semejante en Possession, de Neil LaBute).

Una noche en que Benito escribía con mayor frenesí que de costumbre, tuvo la misma extraña sensación de las noches anteriores, solo que esta vez, a la par del difuso bulto, escuchó el sonido de algo que caía. Entrecerró los ojos para vencer su miopía y pudo divisar en el fondo umbroso de la biblioteca lo que parecía un libro caído. La evidencia física ponía fin a lo que hasta entonces parecía el producto de una mente y un cuerpo exhaustos por el cáncer.

Se levantó, con su ya acostumbrada torpeza, y cuando estuvo al pie del estante pudo constatar que el libro caído era un poemario de François Villon, una suerte de poeta maldito del siglo XV francés. Se trataba de una edición antigua de sus obras completas, publicada en París en 1835, bajo el título Oeuvres de Maistre François Villon.

Al abrir el libro, podía apreciarse una portadilla que decía Harvard College Library y una cota escrita a mano: 38514.20. También estaban la firma del dueño, Jean Henri Romain, y del registrador de Harvard, Jucker Jund, con la fecha 1876, April 10. Era evidente que Benito tenía en su biblioteca algunos libros de dudosa procedencia. Una vez lo oí decir: «Toda biblioteca que se precie de tal debe tener unos libros adquiridos con nuestro dinero, otros regalados, otros que algún tonto nos prestó y finalmente algunos hábilmente hurtados».

El libro había caído abierto en la página 305, en la conocida Cuarteta. A pesar de que había sido por años su favorito, ahora el poema le resultaba chocante y no sabía si por el contenido o porque Villon lo había escrito en la víspera de su ejecución:

Je suis François, dont ce me poise,
Né de Paris, emprès Ponthoíse;
Qui d’une corde d’une toise,
Sçaura mon col, que mon cul poise.

[Yo soy François, ¡cuánto me pesa!
Natural de París, cerca de Pontuesa.
Pendiendo en una horca de la cuerda,
sabrá mi cuello lo que mi culo pesa.]

Benito cerró el libro con un golpe seco y lo devolvió a su lugar. Fue cuando se percató de que estaba caído a dos metros de donde iba. «Algún día seremos como un libro caído que alguien regresará a los anaqueles de la memoria», pensó. Consideró que aquella frase era digna de ser escrita y se sentó nuevamente a su mesa.

Varias noches se repitió el hecho en idénticas circunstancias. Solo variaba la página donde caía abierto el libro. En una ocasión había quedado justo en el Epitafio de Villon, mejor conocido como la Balada de los ahorcados. A Benito le sobrecogió leer:

Nous sommes mors, ame en nuis Harie.

[Muertos estamos, que nadie nos moleste]

Mientras miraba su piel amarilla por la ictericia, comprendió que la muerte suele estar más cerca de lo que a menudo deseamos, encubierta, acechando.

Una de esas noches extrañas, Benito precisó con la mirada el escurridizo bulto y, pensando que se trataba de un ratón, se dirigió hacia el fondo de la biblioteca. Sin creerlo vio cuando el libro de Villon avanzaba por el entrepaño y caía intentando saltar al estante contiguo. Un zumbido en su cabeza lo hizo tambalearse. Se recostó del estante y allí se quedó como esas columnas de las ruinas griegas. Cuando reunió el coraje suficiente, recogió el libro, lo cerró sin mirar dónde había quedado abierto y lo regresó a su lugar.

A la noche siguiente se repitió todo con milimétrica exactitud, pero Benito decidió no recoger el libro. «Si tanto le gusta el piso, pues que viva en él», se dijo para sí.

Llevaba tres noches el libro caído allí cuando se reanudaron los celajes en el fondo oscuro de la biblioteca. Benito intentó ignorar el asunto, pero las sombras y los ruidos no lo dejaban concretar el trazo de una caligrafía temblorosa. Enderezó sus pasos (es una metáfora) hacia el final de la biblioteca. El libro de Villon no estaba en el suelo. Un susurro ininteligible venía del estante derecho. De abajo del mismo salió el libro de Villon:

—¿Crees en la muerte? —inquirió.

Benito perdió el equilibrio y cayó. No podía creer que un libro le hablara. Sus escasas carnes apenas lograron amortiguar el golpe. Por un momento creyó alucinar. François Villon repitió la pregunta, esta vez en francés:

—Croyez-vous à la mort?

Y Benito, mirándolo a los ojos, respondió:

—Nous sommes morts.

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© Jerónimo Alayón

CITA CHICAGO:
Alayón, Jerónimo. «La muerte en francés». Niebla (blog). 12 de octubre de 2023. https://wp.me/pbjMCM-2MA

CITA APA:
Alayón, J. (2023, 12 de octubre).La muerte en francés. Niebla (blog). https://wp.me/pbjMCM-2MA

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