El telar de la memoria

El telar de la memoria, Jerónimo Alayón.

Llegará un día en que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza.

Paul Géraldy

Hay una edad en la que empezamos a sopesar recuerdos. Cuando se es aún joven, podríamos darnos el lujo de olvidar, pero en la adultez y más tarde, en la ancianidad, la memoria suele ser una buena o mala amiga, según lo queramos. En todo caso, solemos rememorar de manera episódica y fragmentada, generalmente jalonados por alguna fuerza nostálgica y sin mayor orden ni concierto. Lo interesante sería plantearse el asunto de recordar en un modo organizado y con una razón de ser, esto es, haciendo de nuestras memorias la materia prima de un tejido memorativo.

Por supuesto, no estamos planteando el asunto de forma absoluta, sino como un ejercicio ocasional en el que le otorguemos a una parte de nuestra actividad rememorativa una intencionalidad. Como ya hemos dicho, recordamos parcial y fraccionadamente porque lo hacemos a partir de un motivo que suscita en nosotros la memoria de una escena específica y luego… seguimos a otro recuerdo, muchas veces inconexo.

Ahora bien, ¿y si tomáramos a una persona, un lugar, un objeto… y nos propusiésemos recordar todo, en orden cronológico? Incluso más: hagamos algunas anotaciones. Estaríamos pasando del recuerdo atomizado a la semblanza. Sería como montar las propias remembranzas en un telar de la memoria y sacar de ello un tejido coherente, profundo y bien trabado. Obtendríamos, por tanto, una narrativa que colocaría el objeto de nuestras evocaciones en una perspectiva existencial respecto de nosotros.

En consecuencia, se suscita una serie de efectos que son muy interesantes, pues comenzamos a experimentar una inteligencia diferente del ser recordable, lo que, a su vez, nos convierte en sujeto recordativo. Parece a las primeras una perogrullada, pero, en el fondo, constatamos que la facultad de memorar con un logos, es decir, con una razón de ser, es solo humana, y dicho sentido memorativo puede resultar incluso trascendente y, por tanto, sanador. En otras palabras, somos el único ente capaz de tener conciencia del objeto memorado, con lo cual el acto de recordar tiene implicaciones existenciales.

Por si no fuera suficiente, pocas acciones en la vida son tan libres como recordar. Nadie nos lo puede prohibir y al evocar, sentimos que nuestro ser se impregna de una esencia: nos restituimos de algún modo porque en cada evocación hay también una invocación del ser recordable. Esta libertad supone, claro está, la responsabilidad de lo que decidamos hacer con nuestras memorias. Hay quien hace de ellas un calabozo y sepulta sus días en la quejumbrosa penumbra de su pasado. Otros las convierten en campos fértiles donde germina toda clase de posibilidades. Y está, por supuesto, el que ni sabe si ponerles un collar para sacarlas a pasear de tarde o si las mete al refrigerador a ver si al año siguiente siguen ahí, sin descomponerse… En todo caso, somos nuestra memoria.

Constatamos que la facultad de memorar con un logos, es decir, con una razón de ser, es solo humana, y dicho sentido memorativo puede resultar incluso trascendente y, por tanto, sanador.

Con frecuencia atribuimos demasiada importancia a la razón y a la voluntad —que la tienen, no decimos que no—, pero olvidamos que la memoria tiene un papel relevante en relación con aquellas. Sabemos que la razón nos permite descubrir la verdad, en tanto que la voluntad —conforme a la libertad— nos faculta para movernos en dirección a la verdad hallada. Sin memoria, no obstante, careceríamos del recuerdo de otras verdades validando la descubierta y no podríamos disponer de la motivación suficiente para encender el motor de la voluntad. La memoria es brújula de la razón y la voluntad.

La fase superior del ejercicio propuesto consistiría en montar en el telar de la memoria las semblanzas que vamos construyendo. Se trata, pues, de un nivel recordativo mejor estructurado en el que avanzamos a una macroestructura memorativa. Cuando juntamos la semblanza de una persona con la de otras personas, lugares u objetos, la propia narrativa existencial comienza a cobrar una dimensión realmente trascendente en el plano humano, y es probable que nos acerquemos más a un posible sentido de la vida.

Comprender que alguien, por ejemplo, en su libre albedrío decidió formar parte de nuestro acontecer para hacernos bien o mal, disponiendo libremente de los medios a tal fin, esto es, que sus actos volitivos se ordenaron de manera consecuente para constituirse en un ente recordable, supone un vínculo existencial cuya conciencia debería volvernos más humanos. Así pues, un recuerdo nocivo no tiene por qué devenir necesariamente en estímulo de acciones dañinas. La memoria dolorosa también puede ser generatriz de bondad. En otras palabras, la memoria es el lugar por excelencia donde podemos transfigurar los efectos del mal moral, y para ello suele ser necesario ver la completitud del edredón de nuestras semblanzas.

Cuando fijamos la atención en el punto, dejamos de mirar la sucesión de puntos, valga decir, la línea. Del mismo modo, la desmedida vigilancia del detalle recordado nos priva del horizonte de la semblanza y, por consiguiente, de su poder restaurador. Si rememoramos semblanzas y no solo recuerdos, seremos más justos relativizando estos en aquellas. La memoria también puede ser el trono de la justicia y la posibilidad del perdón. Aquí me deslindo de quienes viven pregonando el olvido como condición para perdonar. Si la recordación focal alimenta el resentimiento, el olvido total desnutre el perdón. Ambos son pésimos ejercicios de la memoria. Memorar bien es esencial a la justicia. Solo construyendo el edredón de las semblanzas en el telar de la memoria, sabremos si es justo ser clementes.


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Alayón, Jerónimo. «El telar de la memoria». El Nacional. 26 de noviembre de 2021 | https://www.elnacional.com/author/col-jeronimoalayon/

© 2021 Jerónimo Alayón

© 2021 El Nacional

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