Nessun dorma, el amor sacrificial

Nessun dorma, el amor sacrificial, de Jerónimo Alayón.

Nessun dorma es el aria final de Turandot, la última ópera compuesta por Giacomo Puccini. La obra narra la historia de una fría y cruel princesa china, Turandot, que ha lanzado como desafío para ser desposada que el pretendiente descifre tres enigmas presentados por ella. Uno a uno los aspirantes fallan y son decapitados. Hay, sin embargo, un príncipe apodado el Ignoto que pretende el amor de Turandot, pese a los ruegos de su padre, el rey Timur, y de Liu, la fiel esclava que sirve a su padre por callado amor al príncipe.

En el acto II, el Ignoto se presenta al duelo y descifra correctamente uno a uno los tres enigmas, cuyas respuestas son la esperanza, la sangre y Turandot. La princesa, descompuesta, clama piedad a su padre para que no la entregue al príncipe tártaro, pero este honra su palabra. El Ignoto propone entonces a Turandot un reto que ella acepta:

Mi nombre no sabes.
Di mi nombre.
Di mi nombre antes del alba,
¡y al alba moriré! 

Comienza entonces el tercer acto con el edicto de pena de muerte que ha proclamado la princesa para todo aquel que oculte el nombre del Ignoto. Es cuando tiene lugar el aria más famosa de la ópera, Nessun dorma (Nadie duerma), cantada por el príncipe desconocido y cuya letra es como sigue:

El Ignoto:
Nadie duerma! ¡Nadie duerma!
Tampoco tú, ¡oh!, princesa;
en tu fría estancia
miras las estrellas
temblorosas de amor y esperanza... 
Pero mi secreto está preso en mí,
¡Que mi nombre nadie sepa!
¡No, no!, sobre tus labios lo diré,
¡cuando la luz resplandezca!
Y que mi beso desvanezca
el silencio que te hace mía.

Coro de voces femeninas:
Su nombre nadie sabrá...
Y, ¡ay!, tendremos que morir.

El Ignoto:
¡Disípate, ¡oh!, noche! ¡Ocúltense, estrellas!
¡Al alba, venceré! ¡Venceré! 

Turandot, en su desespero, se presenta con su guardia real donde el padre del Ignoto y tortura a Liu para que confiese el nombre del noble misterioso, pero esta resiste por amor al príncipe. Turandot, desconcertada, le pregunta: «Chi pose tanta forza nel tuo cuore? (¿Quién otorga tanta fuerza a tu corazón?)», a lo que Liu responde: «Principessa, l’amore! (¡Princesa, el amor!). En un descuido, Liu toma el puñal de un guardia, se suicida y muere en los brazos del príncipe, quien le reclama a Turandot tanta crueldad. Al cabo se pone de pie e increpa a la princesa, luego de lo cual la besa y, resignado, confiesa su nombre: «Calaf, hijo de Timur». En ese preciso instante suenan las trompetas de palacio anunciando el amanecer.

Nessun dorma es un himno al amor, a la vida, al heroísmo y a la poesía. La princesa Turandot puede tener muchas interpretaciones, pero la que a mí me parece más acertada es que ella representa la vida en su dimensión cruelmente retadora. Ciertamente es una femme fatale que asesina hombres sin piedad, pero en no pocas ocasiones la vida puede resultarnos una Turandot. ¿Cuántas veces hemos aspirado a descifrar el enigma de un emprendimiento, un romance, una actividad o proyecto y hemos terminado decapitados? En algún sentido, todos somos los príncipes ajusticiados, y también aspiramos a ser alguna vez Calaf, a tener su determinación.

Hay en el Ignoto, sin embargo, algo esencial: el silencio. Calaf no solo calla su nombre: con él silencia su historia y su identidad. Representa la fuerza de lo que se puede decir y no se dice. Calaf es el símbolo del verbo fecundamente reprimido, que es el origen —no el inicio— de toda poesía. Y Liu es el poema:

Porque callando le doy,
le doy tu amor…
¡Te lo doy, princesa, y lo pierdo todo!,
¡hasta la imposible esperanza! 

Es curioso que las últimas palabras escritas en el libreto por Pucini, antes de morir y dejar inacabada la ópera, fueran: «Liù, bontà, Liù, dolcezza, dormi! (¡Liu, bondad, Liu, dulzura, duerme!) / Oblia! Liù! Poesia! (¡Olvida, Liu, poesía!)». El silencio de Liu es a un mismo tiempo salvífico y fértil: no solo libró a Calaf de la muerte, sino que creó la posibilidad del amor para Turandot. Este es, en esencia, el silencio que precede a la poesía: un silencio que salva y fecunda en el sacrificio del verbo.

A estas alturas, puedo decir algo muy atrevido: Turandot solo es posible por el amor de Liu. Sin su dimensión sacrificial, la ópera carece de sentido. Solo así el vincerò de Calaf es posible y digno, ya que triunfa sobre la oscuridad del resentimiento de Turandot, quien ha visto en Liu el rostro del amor más puro. En no pocos sentidos, Liu es la luz triunfal del alba, el luce splenderà que desvanecerá el silencio, la siempre simbólica trompeta que anuncia, como en Fidelio, de Beethoven, la libertad del alma.


Alayón, Jerónimo. «Nessun dorma, el amor sacrificial». El Nacional. 5 de febrero de 2021. https://bit.ly/3pTYznt

© 2021 El Nacional

Imagen de cabecera: © 2006 Kun Zhang.

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