Palomas, palabras y misterio

Voy a intentar seguir buscando la palabra perdida, la palabra única, secreto del amor divino-humano. La palabra tal vez señalada por aquellas otras palabras privilegiadas, escasamente audibles, casi como murmullo de paloma: Diréis que me he perdido.

María Zambrano

Llevo un tiempo observando el comportamiento de las palomas bravías o domésticas (Columba livia). Son gregarias, lo sabemos, pero ¿de qué manera? Lo primero que salta a la vista es que no todas son tan sociables como se dice. Algunos individuos de la especie gustan de merodear recurrentemente solos y bastante alejados de la bandada, y cuando se esponjan en alguna cornisa para protegerse del frío o descansar, a menudo no lo hacen junto a otros.

Es fácil notar si hay una pareja estable porque el macho —que se reconoce por su cuello y pecho de mayores dimensiones, cubiertos por un aro intensamente iridiscente—, además de pavonearse al lado de su compañera, no deja de acompañarla ni tolera la cercanía de otra paloma, indistintamente de su sexo. Son los solitarios y los pares los comportamientos sociales más raros en la bandada, al menos cuando deambulan juntas por el suelo en busca de alimento.

La pauta gregaria por antonomasia son los tríos, pero he notado que siguen un patrón de asociación: dos de color oscuro y una clara, sin importar si hacen mayoría los machos o las hembras. Eso, por lo que he observado, dependerá de la estadística de cada bandada. La combinación de dos palomas de color claro y una oscura es menos frecuente, y quizás obedezca al hecho de que, donde vivo, la especie está conformada mayoritariamente por individuos oscuros.

Ahora bien, estos tríos no son estables, sino que sus miembros van circulando, generalmente, de un grupo a otro. De cuando en cuando algún integrante abandona el terceto y se mantiene solo o hace pareja. La dinámica del tránsito, sin embargo, tiene una regla comportamental: cuando un individuo oscuro entra a una terna, el homólogo más distante respecto del que ingresa sale de la formación. Lo mismo sucede en relación con los claros. Pareciera que la paloma bravía no tolera la conformación de cuartetos.

Dicha conducta me hizo pensar en la secuencia de Fibonacci, esto es, 1, 2, 3, 5… ¿El comportamiento de la paloma bravía estaría regido por el número áureo? La idea no era descabellada dada la ausencia de cuartetos. Existía la posibilidad de que a los tercetos se incorporara otro par, hasta conformar un quinteto, pero… me equivoqué. No hay quintetos. El mayor subconjunto gregario en una bandada de palomas bravías está conformado por tres individuos de la especie. Dicho todo lo cual cabe advertir que estas son mis observaciones, muy locales, muy restringidas, muy subjetivas, tal vez. En ningún caso he pretendido hacer un vademécum de psicología columbina.

Lo que me interesa rescatar aquí sobre el asunto es el hecho de que yo era —o creía ser— el observador. A menudo pensamos con esa soberbia característica de especie superior que somos los humanos los únicos que monopolizamos ciertos procesos de la conciencia. Tal vez nos resultaría sano pensar que otros seres «inferiores» tienen sus procesos, si bien de otra índole, y que también somos observados por ellos.

Mientras estaba allí mirando la bandada de palomas bravías, ellas también me miraban… no sin cierta curiosidad. En múltiples ocasiones hicieron ese tan típico gesto de las aves cuando miran con toda intencionalidad. Se mostraron cautas al principio y confiadas más tarde. En todo momento, no obstante, parecieron estar prestas a desplegar el vuelo para huir con su característico ruido de alas batiéndose.

No eran las únicas que me observaban. Lo hacían también los empleados del supermercado cuyo estacionamiento han colonizado las palomas, gracias a la generosidad de uno de los propietarios que las alimenta un par de veces al día. Aquellos me miraban sin sobresalto al principio, pero intrigados luego por la insistencia de aquel cliente que durante una hora estuvo estacionado allí sin quitarle el ojo a las aves. Sin embargo, treinta minutos antes de que me vieran, en una hipotética soledad a 15 °C, ya estaba yo allí…

Nadie está completamente inobservado. Esa es la fantasía que acarician quienes creen que es posible perpetrar el fraude enmascarado. La vida es una sucesión de eventos, uno tras otro, todos en perfecta secuencia de causa y efecto. No hay manera de ocultar nada. Tarde o temprano un suceso pone al descubierto el árbol genealógico de la mascarada y revela el hecho que se pretendía camuflar. No solemos pensarlo, pero yo estoy aquí porque algún ancestro mío condicionó con una decisión suya, una sola, que así fuera… Del mismo modo, mis decisiones condicionarán los contextos en los que mis descendientes se hallen.

Usted se estará preguntando qué tienen que ver las palomas con mi descendencia. Sencillo: ellas, usted, yo y las generaciones venideras… todos estamos siendo observados. Cada acto nuestro tendrá en el futuro una clave para desencriptarlo lógicamente en virtud de unas consecuencias que darán cuenta de su origen, y esa clave será reducible a una palabra, una sola. Somos las palomas que alguien más observa… y no lo sabemos. Incluso… quizás seamos observados más allá del tiempo y del espacio, y de las fronteras de este mundo que altivamente creemos único… ¿Cuál será la palabra que al fin de mis tiempos me nombre desde el seno del misterio con el arrullo de una paloma?

© Jerónimo Alayón y El Nacional.

CITAR COMO:
Alayón, Jerónimo. «Palomas, palabras y misterio». El Nacional. 25 de noviembre de 2022.

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