Silencio

Los romanos de la Antigüedad tenían en latín dos palabras para referirse al silencio: silentium, que proviene del verbo silere y significa ‘callar’, y tacitum, que se deriva de tacere y cuyo significado es ‘callarse respecto de algo’. Ambos términos evolucionaron al español como silencio y tácito, respectivamente. Como se verá, los significados eran y son notablemente diferentes.

Ambos modos de callar son ausencias discursivas, pero en cada una hay un valor semántico divergente. El silentium es mudez unívoca, en tanto que el tacitum es elipsis equívoca. El primero es la vacuidad monosémica de quien ignora qué silenciar porque no sabe qué decir; el segundo, omisión polisémica de quien, sabiendo lo que puede decir, sabe también lo que puede omitir. Lo tácito posee en sí un valor indicioso que no hay en el silencio. Este puede, incluso, tener una dimensión contemplativa, pero no indiciaria. Toda elisión es sospechosa.

La literatura es el viaje del silentium al tacitum, por tanto, también está bajo sospecha. La obra de arte suele ser, no pocas veces, una máscara con la cual su autor (di)simula.

El escritor parte a menudo de un silencio material, profano y diáfano. Calla ante el espectáculo del mundo mientras este le revela su logos, su razón de ser, en una intuición sensitiva de la que —una vez que haya entrado en contacto con la memoria estética (que es personal y única) y que el logos haya sido fecundado por el pathos del artista— surge la intuición estética del mundo, que alza en el interior del creador su propio discurso íntimo, una voz silenciosa… Al cabo de este ascenso, el autor será dueño de su silencio y, por consiguiente, de hacerlo tacitum en la obra literaria… o de entregarlo a su memoria educada en la belleza bajo otra forma tácita: la de la intuición intelectual.

Este mundo de las elipsis literarias es el que me apasiona. Va desde la omisión parcial en el discurso literario hasta la elisión absoluta, por ejemplo, de un Hofmannsthal que decidió no escribir más poesía considerando que era imposible hacerlo. Más que literarios, es un mundo de silencios y de evanescencias ontológicos. ¿Quién se ocupa de lo no dicho? Es probable que haga falta a tal fin una escucha… también ontológica.

Hemingway fue un maestro del tacitum literario. Sus cuentos, especialmente, más que sus novelas, están inteligentemente salpicados de elisiones. Él mismo se ufanaba de ello. Hay, sin embargo, una perturbadora relación semiótica entre la evanescencia sígnica de sus relatos y el sfumato final de su vida, como si hubiera ejecutado por su propia mano el tacitum de su ser, de una vez y por todas, aquel 2 de julio de 1961. Otro tanto me parece ver en Quiroga, Ramos Sucre, Pizarnik y otros autores suicidas. Nadie sabe hasta dónde alcanza la semiosis múltiple del tacitum literario, subsidiaria de una riqueza que abarca tanto el mundo de lo dicho como el de lo no dicho, y el roce conjetural entre ambos.

En cada infarto del sentido en el texto literario, hay una suspensión provisional de su logos y un aplazamiento de su ser que deviene en signo indicioso y ser indiciario, aprehensibles solo conjeturalmente. Autor y obra son, por tanto, una metáfora ontológica en la que se ha elidido un referente que pertenece al mundo del artista, un referente a menudo doloroso…

Me parece notar también en la obra de algunos autores una semiosis postergada, un tipo de tacitumen el que el texto se hace silencio paradojal: se niega a dialogar con la lógica de su tiempo, pero no con la de otro posterior. Un ejemplo de ello es la poesía del poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre, incomprendida por sus contemporáneos, pero asumida como luminosa revelación, treinta años después, por el grupo Sardio. ¿Cuánto de esa semiosis postergada fue deliberadamente cultivada por Ramos Sucre? ¿Hasta dónde la vida y la obra ramosucreana no constituyen una metáfora ontológica? ¿Qué hiatos existenciales devienen finalmente en evanescencia del ser? Hacemos crítica literaria atendiendo al texto, pero ¿y los silencios, esa antimateria textual?

El tacitum, en definitiva, no es un vacío, sino un antisigno cuya carga semántica se logra de manera inversa a la del signo: partimos no de la palabra, sino de su ausencia, para inquirir el significado de esta, no uno cualquiera porque no es señalado por significante alguno (en este caso, ocurre al revés: el significante es reclamado por el significado). Este flujo del tacitum (ausencia-significado-significante) termina en un discurso equívoco, en el que el lector es un mediador.

Si damos por cierto lo que decía Kafka, que «la literatura es siempre una expedición a la verdad», todo su ejercicio textual es una vía de conocimiento a otra forma de tacitum, aun mayor y más sobrecogedora: la del mundo. Nos circundan inmensos silencios indiciadores, en cuyo desciframiento gastamos la vida. No todo es texto y semiosis meridiana. Hay también un aplazamiento del logos de las circunstancias, un misterio que nos reta en la sombra que cae de los objetos postergados…

El mundo y su silencio tácito. Este es el puerto hacia el que viaja el último parágrafo del Tractatus Logico-Philosophicus, de Wittgenstein… y con él, todos los silencios indiciarios…


Cómo citar este texto

Alayón, Jerónimo. «Silencio». El Nacional. 2 de octubre de 2020. https://bit.ly/2GwtbK8

© El Nacional


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