Una verdad en el aire, Jerónimo Alayón.

Una verdad en el aire

En La pregunta por la cosa, Heidegger hace una alegoría en la cual un profesor escribe en un papel los siguiente: «Aquí está la tiza», y coloca el escrito junto a esta. Al cabo de la clase, se abren las puertas y una ventisca vuela la nota hasta el pasillo. Un estudiante, camino al comedor, la lee sobre el suelo constatando que es falso el aserto. A continuación, el autor concluye: «Por el viento, la verdad se ha transformado en falsedad. Es notable que una verdad dependa de una corriente de aire». No seguiré el desarrollo argumental del gran filósofo alemán, sino una modesta elucubración propia…

«Es notable que una verdad dependa de una corriente de aire». Me interesan dos cosas: el artículo indeterminado una antes de un sustantivo —tan manidamente determinado y definitivo— como verdad y el asunto de la ventisca en su potencia relativista.

¡Cuánto dolor a espaldas de lo verdadero! Se han deshonrado familias completas, impuesto silencios ominosos y corrido ríos de sangre… ¡todo en su nombre! ¡La verdad! ¿Acaso no deja de serlo en tanto que se impone? ¿No debería tener ella una aureola tal de benevolencia que se bastara sola para hacerse desear? Cuando algo precisa de ser instaurado a la fuerza, siquiera sea sutilmente, necesariamente hay que sospechar de sus frágiles certezas…

A menudo, quien pontifica acerca de la verdad lo hace desde una deriva totalitaria y fundamentalista, partiendo del débil presupuesto de ser poseedor de aquella, para lo cual suele presentarse como un iluminado, alguien que ha recibido una φάνεια (pháneia, ‘iluminación, revelación, aparición, manifestación’). Nadie podrá negar la autenticidad de ciertas epifanías y teofanías, pero ni son todas las que están, ni están todas las que son… En este terreno hay que avanzar con suma cautela y cuidarse muchísimo de los narcisos enmascarados. Valga decir que el verbo phaínein también está en las palabras fantasma y fantasía, lo que tenía que servirnos para estar más alertas.

¿Cuántas veces hemos creído entender algo de un modo —y hasta discutimos encarnizadamente por defender nuestra apreciación— y, al cabo, un dato que ignorábamos otorga un giro copernicano a la cuestión dejándonos incluso en ridículo? Significa, por tanto, que la concepción de una realidad como verdadera depende, en algún sentido, de cuánto la conozcamos. Se trata, pues, de un asunto gnoseológico. Estamos hablando, claro está, del conocimiento epistémico, no del dogmático, que es harina de otro costal y del cual ya nos ocuparemos…

Una sana práctica para no dogmatizar el conocimiento epistémico es proponernos tres cuestiones procedimentales: 1) si esta realidad pudiera no ser lo que creo, ¿qué otra cosa sería en consecuencia?; 2) si puedo conocerla desde otras perspectivas, ¿cuáles serían estas y su percepción de ella?; 3) si consigo contemplarla vaciándome de mis prejuicios y preconceptos para percibirla tal cual es, ¿cuál concepción de aquella lograré tener?

Si hay un domicilio de la verdad, está, sin duda alguna, en la fraternidad de la razón, nunca en el imperio de una mente unánime.

Así pues, si miro un atardecer, podría cuestionar que lo fuera, con lo cual quedaría abierta la posibilidad de que fuese, por ejemplo, un amanecer —lo que abriría otras posibilidades como la de metaforizar la inversión temporal—. También puedo preguntarme cómo sería ese ocaso si lo observo desde otra perspectiva, la de un niño, por poner un caso. Finalmente, si me desprendiera de todas estas consideraciones y me quedara ahí, frente al crepúsculo, en un vacío de conciencia, ¿qué percibiría… contemplaría?

Las dos primeras cuestiones son de suma utilidad, por ejemplo, para no adelantar juicios de valor sobre las personas, esto es: desconfiar de nuestra apreciación y relativizar nuestro punto de vista. Cuando consideramos varias posibilidades del ser, abrimos el abanico del criterio y lo que sigue es una madura espera de lo contemplado… ¡sin juzgarlo! Franqueamos así el camino hacia el vacío de conciencia —un poco al estilo de la epojé husserliana—, y nos preparamos para recibir la realidad tal cual es, sin filtros racionales.

Al actuar conforme a este método, nos permitimos conocer el mundo de manera menos aprehensiva. Queda pendiente, sin embargo, la cuestión de la intersubjetividad, esto es, entender cómo conocen otros el mismo objeto que yo, pues por mucho que relativicemos nuestra perspectiva, nunca será igual que saber de primera mano la de los demás.

La intersubjetividad hace posible que cada conocimiento personal se relativice en otro transversal. Así pues, si tres personas explican qué conocen de una misma realidad, habrá una suma de matices cognitivos que estará más cerca de un conocer veraz y, por consiguiente, en las antípodas del pensamiento fundamentalista. Este no es sino la negación de toda factibilidad de un raciocinio intersubjetivo, la imposición de una razón unánime. En la alegoría de la nota de Heidegger, a menos que el alumno del pasillo confronte el hallazgo del papel con los alumnos que estuvieron en aquella aula de la que salió volando, sostendrá tajantemente que en sus manos tiene una falsedad, lo cual es apenas una verdad a medias, incompleta y relativa.

El dogmatismo no es más que la postulación de verdades relativas en cuanto que absolutas, una deformación cognitiva monstruosa, un adefesio de la razón solo tolerable en aquellos campos que escapan, precisamente, al escrutinio de cualquier racionalidad, como el de la fe. El dogma de fe se cree a ciegas, por tanto, queda fuera del territorio de lo razonable y no es posible relativizarlo sin conmover dramáticamente las bases de un credo religioso. No hablo de eso, sino del conocimiento epistémico y de la opinión personal convertidos en caricatura dogmática, en fundamento de derivas sectarias.

Toda ἐπιστήμη (epistémē, ‘conocimiento tenido por verdadero’) y δόξα (doxa, ‘opinión propia’) son verdades en el aire como la nota de Heidegger. Dependen de un ventarrón para ser amenazadas en sus certezas. Quizás la mejor actitud de quien pretenda tener trato con lo veraz sea la humildad de reconocer sus propios límites cognitivos y apelar a la cognición ajena en cuanto que método para relativizar y complementar la propia. Si hay un domicilio de la verdad, está, sin duda alguna, en la fraternidad de la razón, nunca en el imperio de una mente unánime.

Alayón, Jerónimo. «Una verdad en el aire». El Nacional. 1 de abril de 2022. https://www.elnacional.com/author/col-jeronimoalayon/.

© 2022 Jerónimo Alayón

© 2022 El Nacional

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